Fue apenas un instante, no más de cinco minutos, pero sucedió, a una hora tardía de la noche que ya mas bien era madrugada, las luces que velaban el sueño de la ciudad se desvanecieron en su mayoría, apenas unas pocas se volvieron una chispa trémula antes de recuperar de golpe su original brillo, tan solo eso, un repentino y fugaz momento de completa oscuridad cuando la mayoría de los relojes marcaban las dos con algunos minutos más, algunos minutos menos que si algo tiene el tiempo es esa caprichosa tendencia a ser distinto para cada uno de nosotros.
A Mateo el referido instante lo sorprende con un cigarrillo semi apagado entre los dedos, una maldición atorada entre los dientes y los labios, había contemplado con estupor como la pantalla del ordenador se volvía repentinamente negra, recordó entonces que el regulador de voltaje llevaba algún tiempo anunciando estar más allá de lo que por vida útil entienden dichos artefactos. Al restablecerse la energía eléctrica se apresuro a encender nuevamente al ordenador, agoto desde la suplica hasta el cruzar de dedos... todo sin resultado, con el repentino corte se habían perdido parte de su trabajo, lamento entonces la manía de deshabilitar la función de auto guardado, máxime cuando se habían perdido las paginas finales, las mas importantes, las que por alguna absurda casualidad habían sido resultado de un arranque de inspiración. Como por arte de magia la maldición atorada entre los labios se soltó y resonó como una agresiva letanía mientras sus dedos martillaban el teclado y su memoria intentaba reconstruir bien que mal los párrafos perdidos, tratando de repetir lo que tal vez fuera irrepetible solo alcanzo a preguntarse si el tiempo que restaba le sería suficiente.
Rebeca permanece a oscuras en su habitación, en su casa, en otra parte de la ciudad, había optado por apagar las luces para no incurrir en recriminaciones, para hacer parecer que dormía plácidamente, para no llamar la atención, por eso había llorado lo mas calladamente posible hasta cansarse, ahora permanecía sentada sobre la cama, la espalda apoyada contra la pared, los ojos irritados y expectantes fijos en el oscuro techo, el auricular inalámbrico del teléfono descansa en el espacio que queda entre el pecho y las rodillas, como a la espera que el repentino vibrar del mismo pueda reactivar los latidos del corazón que siente cada vez mas lento de pura tristeza; se imagina entonces lo peor, él no ha llamado y ello mismo implica indudablemente el abandono.
Unos pequeños trazos rojos persisten en apagarse y encenderse incansablemente para formar invariablemente la cifra 12:00; Adrián duerme profundamente como muchos otros a la espera de un nuevo día.
Cuando finalmente despierte de su sueño notará que la luz que se filtra por las ventanas es demasiado cálida, volverá entonces los ojos hacia el despertador y comprenderá entonces su mala suerte, saltará prácticamente de la cama con la intención de bañarse, vestirse y alimentarse en no más de diez minutos, en menos tiempo de ser posible, calcula el retraso, lo divide entre factores tales como distancia o tráfico, con una trozo de tostada entre los dientes y la corbata a medio anudar se pondrá tras el volante de su auto planificando mentalmente la ruta mas directa y las calles menos transitadas mientras aprieta el acelerador a fondo, tal vez si va por la novena avenida...
Mentirá al decir que son para su madre y la dependiente de la farmacia no pondrá reparos en facturar el frasco de calmantes que Rebeca después de pagar con un arrugado billete deslizará al fondo del bolso donde descansan otros dos frascos similares adquiridos en otras tantas farmacias, se despedirá con una sonrisa y mientras empuja la puerta de vidrio, se encaminará hacia el parque, se dirá a sí misma que no sentirá nada, que será tan fácil como quedarse dormida.
A medias satisfecho con el resultado obtenido Mateo hace repicar los dedos sobre el volante, ha puesto la radio a todo volumen para ahuyentar el sopor que siente pesar sobre sus parpados, solo es cuestión de entregar el manuscrito y será libre de regresar a su apartamento y dormir toda la tarde si así le place, después de una noche de desvelo considera que bien lo merece, revisa por un instante la señas que el editor le ha brindado: edificio gris frente al parque al final de la quinra calle poniente.
Los diarios vespertinos hablarán más tarde de una mortal colisión de vehículos en la intersección de la novena avenida con la quinta calle poniente, y de como milagrosamente resulto ilesa la joven que en ese preciso momento cruzaba la calle...
Claridad Gris y Encajonada, Fotografía de F. H. Alonso
Rebeca permanece a oscuras en su habitación, en su casa, en otra parte de la ciudad, había optado por apagar las luces para no incurrir en recriminaciones, para hacer parecer que dormía plácidamente, para no llamar la atención, por eso había llorado lo mas calladamente posible hasta cansarse, ahora permanecía sentada sobre la cama, la espalda apoyada contra la pared, los ojos irritados y expectantes fijos en el oscuro techo, el auricular inalámbrico del teléfono descansa en el espacio que queda entre el pecho y las rodillas, como a la espera que el repentino vibrar del mismo pueda reactivar los latidos del corazón que siente cada vez mas lento de pura tristeza; se imagina entonces lo peor, él no ha llamado y ello mismo implica indudablemente el abandono.
Unos pequeños trazos rojos persisten en apagarse y encenderse incansablemente para formar invariablemente la cifra 12:00; Adrián duerme profundamente como muchos otros a la espera de un nuevo día.
Cuando finalmente despierte de su sueño notará que la luz que se filtra por las ventanas es demasiado cálida, volverá entonces los ojos hacia el despertador y comprenderá entonces su mala suerte, saltará prácticamente de la cama con la intención de bañarse, vestirse y alimentarse en no más de diez minutos, en menos tiempo de ser posible, calcula el retraso, lo divide entre factores tales como distancia o tráfico, con una trozo de tostada entre los dientes y la corbata a medio anudar se pondrá tras el volante de su auto planificando mentalmente la ruta mas directa y las calles menos transitadas mientras aprieta el acelerador a fondo, tal vez si va por la novena avenida...
Mentirá al decir que son para su madre y la dependiente de la farmacia no pondrá reparos en facturar el frasco de calmantes que Rebeca después de pagar con un arrugado billete deslizará al fondo del bolso donde descansan otros dos frascos similares adquiridos en otras tantas farmacias, se despedirá con una sonrisa y mientras empuja la puerta de vidrio, se encaminará hacia el parque, se dirá a sí misma que no sentirá nada, que será tan fácil como quedarse dormida.
A medias satisfecho con el resultado obtenido Mateo hace repicar los dedos sobre el volante, ha puesto la radio a todo volumen para ahuyentar el sopor que siente pesar sobre sus parpados, solo es cuestión de entregar el manuscrito y será libre de regresar a su apartamento y dormir toda la tarde si así le place, después de una noche de desvelo considera que bien lo merece, revisa por un instante la señas que el editor le ha brindado: edificio gris frente al parque al final de la quinra calle poniente.
Los diarios vespertinos hablarán más tarde de una mortal colisión de vehículos en la intersección de la novena avenida con la quinta calle poniente, y de como milagrosamente resulto ilesa la joven que en ese preciso momento cruzaba la calle...
Claridad Gris y Encajonada, Fotografía de F. H. Alonso

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