Pertenezco al Santo Oficio, y a su causa he entregado mi vida.Al servicio de Dios he escuchado confesar las peores atrocidades bajo los más atroces instrumentos de tortura, como Notario del secreto he sido el encargado de recoger cada confesión arrancada mediante la crueldad, único medio del que disponemos para extirpar la maldad del corazón humano.
Para gloria de su causa y desgracia de la mía, Dios Nuestro Señor me ha hecho capaz de recrear con una sola palabra la visión de los más horrendos aquelarres, de sus rituales malditos... y ante tales visiones mi corazón se ha mantenido incólume, firme mi mano sobre el pergamino a pesar de que con ella registro las promesas y seducciones del maligno, y mi fe nunca había experimentado duda...
Acompañando a Fray Bernardo de Cire, Inquisidor General, y a la vez mentor y valedor del "don" que antes he referido, nos detuvimos en Vagny, población a mitad de camino de su natal ciudad de Cire, la voluntad de Dios quiso en su infinita sabiduría que nuestra temporal estancia en dicho poblado se prolongara.
No dudo que la fama de mi mentor nos haya precedido y en razón de la misma los aldeanos hayan aprovechado su visita para señalar con dedo acusador a todos aquellos sospechosos de haber extraviado el camino, hombres y mujeres de diversas edades fueron puestos entonces a nuestra disposición, a todos ellos les basto con las amables y suaves palabras de Fray Bernardo (y la velada amenaza de tortura que bajo las mismas subyacía) para abjurar de su desvío, para una sola persona dichas palabras no fueron suficientes, al llegarle el momento de declarar en vez de arrepentimiento solo hubo de su parte un silencio prolongado, cometí entonces el error de levantar la vista del pergamino para observar a quien con altivez persistía en su extravío, de sobra se me había advertido que para perderse basta un instante, mis ojos se posaron entonces en una joven de singular belleza a pesar de sus cabellos enmarañados y los andrajos que llevaba por vestidos, en su rostro sucio refulgían unos verdes ojos llenos de orgullo y fiereza como no había visto antes.
Era una mujer que había venido de ninguna parte, que no contaba siquiera con un nombre y acostumbraba a rondar las afueras del poblado, rápidamente se extendió el rumor relativo a su indómita belleza, no era de extrañar entonces que su condición de abandono y su carácter arisco fuera suficiente fuelle para inflamar la tentación, apenas un día antes de nuestra llegada fue sorprendida en brazos del más prominente ciudadano, el Señor de R.... quien encontrado en falta no tardo en acusar a la joven de haberlo seducido mediante prácticas maléficas, a su testimonio entonces no le falto el apoyo de sus esbirros y sus clientes, se le acuso de poder leer las intrincadas líneas de las manos, de la muerte de ganado, y del diabólico conocimiento de las plantas, todos elementos suficientes para acusarla de brujería.
Al día siguiente se impusieron las penitencias, y para ella hubo necesidad de instaurar los crueles medios...
Me había hecho la solemne promesa de no volver a levantar la vista, de mantener dispuesto únicamente el oído para recoger su voz pidiendo clemencia, era una medida primordial de resguardo, mis superiores me habían indicado desde un principio que para hacer mi labor debidamente debía prescindir de la vista, fijarla de principio a fin en la superficie del pergamino, el oído es menos susceptible a engañarse y ser conmovido. ¿Pero como cumplir con mi voto si ella no decía nada? Cuando sobre su esbelto y delicado cuello se cerró un cinturón de San Erasmo no hubo palabras, tampoco las hubo cuando su nívea espalda fue expuesta y surcada de líneas carmesíes por culpa del vil látigo o cuando sus gráciles manos fueron amarradas a los brazo de la silla de interrogatorio... ¿Comó explicar lo que sintió entonces mi corazón? ¿De dónde venía el repentino deseo de escucharla pedir perdón o quebrarse definitivamente bajo el tormento para no prolongar ni un minuto más todo aquel sufrimiento?
No cejo ella en el empeño de mantener su silencio, y no cejo el inquisidor en su deseo de romper su resistencia, mientras tanto rogaba a Dios me privará de la vista dado que no había nada que escuchar y yo era incapaz hasta de cerrar los ojos... pero Dios desoyó mis plegarias.
Finalmente, movido por piedad o por el despecho de verse superado, Fray Bernardo la condeno a morir en la hoguera y fijo el auto de fe para dentro de dos días, inicialmente supuse que la simple terminación de la tortura le devolvería la paz a mi corazón, supuse que lo mío era mera piedad, pero no fue así. El saberla irremediablemente condenada acabo de hundirme en una desesperación que no alcanzaba a explicar.
Decidido, imprudente y desesperado, todo a un mismo tiempo, esa noche hice algo que nunca hubiera imaginado, valiéndome de mis prerrogativas llegue hasta su calabozo, nunca antes había encontrado tan cruel el sonido de la llave haciendo girar los pesados goznes de la cerradura, alcé el candelabro que sostenía en una mano para proyectar algo de luz en la oscura y maloliente estancia, algo en mí tembló al ver su rota y vejada anatomía hecha un ovillo en un rincón.
Me arrodille a su lado, me dirigí a ella y me sorprendió la ternura que impregnaba mi voz, incapaz de contenerme incluso una de mis manos se poso sobre el enmarañado cabello, sus párpados se abrieron y el verde de sus ojos refulgió nuevamente, apenas por un instante, el tiempo que le llevo apoyarse desesperadamente contra la pared como buscando atravesarla, en sus ojos ya no había orgullo, se había agotado por completo, estaba seguro que le había durado justamente lo suficiente como para soportar la tortura, de la desesperación del animal acorralado solo quedaba el miedo, ella me tenía miedo. Deposite lentamente el candelabro en el suelo, eche atrás la capucha que me cubría la cabeza y ante sus ojos asustados eleve mis manos con toda la intención de hacerla comprender que no había de temer daño de mi parte, desconociendo si ella podía entenderme (ni siquiera estaba seguro que ella pudiera hablar) le expuse por palabras y gestos mis intenciones de ayudarla a escapar.
Pareció comprenderme pero se negó, movió rotundamente la cabeza, supuse entonces que le producía temor el huir sola o tal vez temiera en todo ello una trampa. No lo pensé dos veces, fue una declaración que surgió de mis labios sin que en ella mediará la razón, solo dominada por el sentimiento.
- Yo iré contigo, muy lejos, donde no nos encuentren...
Me miro fijamente y entonces una de sus manos apreso una de las mías, me estremecí al contacto de su lacerada piel, un gemido acudió a mi garganta de pura tristeza al sentir las heridas aún abiertas, ella pareció no notarlo, a la escasa luz de las velas le dio vuelta a mi mano y estudio con atención la palma de la misma, negó nuevamente con la cabeza y volvió a mirarme, de sus labios aún quemados por la limpieza de alma surgieron entonces a borbotones algunas palabras en una voz cavernosa a causa de las quemaduras.
- N... n... no st.... stam... s dsti...nad... s... noe... nnn.. st viddd.....
"No estamos destinados en esta vida" esas fueron las palabras pronunciadas mediante dolor y esfuerzo. Se apartó y volvió a apoyarse en la pared, la mirada ya apagada y cansada. Insistí en mi ruego pero ella volvió a negar una vez más, volvió a hablar pero entre todos sus barboteos no alcance a distinguir nada más.
Me levante entonces entristecido por mi incapacidad, convencido que mis palabras no tendrían éxito donde el látigo y los demás implementos de tortura habían fracasado, ya en mi celda fui incapaz de dormir... tan solo intentaba salvar un alma, es lo que me repetía una y otra vez, pero al no poder convencerme a mí mismo implore a los cielos por ayuda.
Al despuntar el día me dirigí con pasos presurosos hasta la celda de Fray Bernardo, el rostro oculto por la capucha y las manos en las mangas del habito, había decidido buscar consuelo, confesar, sí, yo acostumbrado a escuchar los más oscuros secretos me veía ahora en necesidad de exponer los míos, toque a la puerta de mi mentor esperando escuchar su voz invitándome a pasar, tenía por costumbre dedicar las primeras horas de la mañana a ferviente oración, no hubo respuesta a mi llamado, del otro lado de la madera reinaba el más puro silencio, abrí entonces la puerta seriamente alarmado, él se encontraba tendido sobre el camastro cual largo era, las manos cruzadas sobre el pecho sosteniendo un rosario de cuentas, las pobladas y severas cejas inmóviles y una beatifica sonrisa que nunca había visto antes en sus labios, me deje caer de rodillas al comprenderme de pronto abandonado, tal vez para siempre perdido, fue lo único que pude pensar.
Me horrorice horas después de mi egoísmo, el hombre que me había tomado bajo su protección había muerto y yo no podía pensar más que en mí mismo, me mantuve apartado mientras los monjes que nos habían brindado hospedaje preparaban el cuerpo para las exequias, nadie me importuno, respetaron el vacío que se había levantado a mi alrededor, asumo que veían en ello mi forma de sobrellevar el dolor que me causaba tan irreparable pérdida.
Completamente desesperado... llegué a creer que ella efectivamente me había embrujado, que mis padecimientos desaparecerían con el purificador fuego que habría de consumirla.
Las campanas tocaron el réquiem, muerto mi mentor, me tocaría presidir el Auto particular de Fe del siguiente día, asumir un papel que en importancia solo era igualado por el del reo de muerte.
Tal vez esta fuera la respuesta que había implorado a los cielos.
Pero el hombre guarda dentro de sí de la semilla de la sedición, tal vez fuera residuo del fruto probado en el jardín del edén, no lo sé, pero puse cuanto estaba de mi parte para evitar el designio divino.
Respaldado por mis nuevas potestades lo podía todo menos revocar la sentencia que mi antecesor había dispuesto... aún así esa noche volví a presentarme en el calabozo, ella parecía ocupar el mismo espacio de la noche anterior, como si en las mas de veinticuatro horas que habían transcurrido no se hubiera movido un solo centímetro, volví a hablarle (pero esta vez me guarde de demostrar ternura o de acariciar sus cabellos, no podía permitirmelo) y cuando ella abrió los ojos me pareció que el verde había palidecido aún más con respecto a la víspera, se incorporo lentamente y en ella ya no había sorpresa, ni siquiera miedo, solo indiferencia. Comprendí entonces su negativa a escapar, no importaba donde fuera no sería la misma, a cada segundo que pasaba se iba desmoronando, habíamos quebrado la vitalidad que la animaba, habíamos roto su espíritu.
Deposite entonces sin decir nada el cuenco de comida ante ella y me retire confiado en que (Dios me perdone) el veneno nos traería paz a ambos.
Pase la noche en vela, iba de un extremo a otro de mi celda, intentaba musitar mis oraciones sin lograrlo.
A la mañana siguiente se me informo desde muy temprano de los preparativos, pregunte si existía algún contratiempo en las preparaciones, esperaba ciertamente que se me anunciara su muerte, un novicio que parecía particularmente emocionado con el desarrollo de los eventos se apresuro a responder:
- No hay de qué preocuparse, no se avista la más mínima señal de tormenta, será una perfecta hoguera.
Un monje de más edad reprendió su entusiasmo y su falta de decoro al responderme, dirigiéndose hacia mi persona se limito a decir en corrección de su compañero:
- Todos los preparativos marchan a la perfección Excelencia.
Debí prever tal circunstancia, había sido demasiado iluso de mi parte confiar en una solución tan sencilla, despedí al monje joven y retuve al de más edad, revestí de toda la autoridad que pude mi voz y explique muy claramente lo que quería hiciera por mí, me miró fijamente y por un momento temí que se negara a cumplir lo que yo le había pedido, no fue el caso, se limito a inclinarse.
- Así se hará Excelencia.
Cuando me dejo finalmente a solas, desplegué el pergamino que no había tenido ocasión de utilizar, mis dedos acariciaron su impoluta piel, respire hondo y entonces me dedique a escribir, a consignar por escrito la más terrible confesión que pudiera imaginar.
El novicio tenía razón, la tarde era ciertamente maravillosa, el sol confería tonalidades rojizas a todo lo que alcanzaba, como si todo ardiera, un viento recio y seco azotaba la plaza, ocupe el estrado que por protocolo correspondía a Fray Bernardo y desde ahí contemple distraídamente como la muchedumbre abucheaba o vitoreaba según fuera su capricho a los reos reconciliados, pasee la mirada por la gente que se había aglomerado para presenciar el espectáculo, no tarde entonces en advertir en un privilegiado sitio al Señor de R... quien sin saberlo había dado origen a toda esta historia, una sonrisa acudió a mis labios al contemplarlo, de pronto hubo un revuelo entre la gente, y sin necesidad de volver la vista comprendí que ella acudía a su cita con la flama, me incorporé entonces de mi asiento y me dirigí hacia la condenada dispuesto a precipitar los eventos.
Había escrito una confesión y esa misma tarde se la había dado a un monje con el encargo expreso de entregarla lo más rápidamente posible al Santo Oficio, en ella informaba que el Demonio andaba suelto en Vagny que el origen de todo mal estaba en el Señor de R... quién con sus maléficas potestades había ocasionado la muerte de Fray Bernardo. Volví a sonreír tan solo de imaginarlo no mucho tiempo después en esta misma plaza siendo el actor principal en lugar de un mero espectador.
Ella ya estaba atada al poste cuando para extrañeza del verdugo le arrebate la antorcha y le ordene alejarse, aplique entonces el fuego a la madera y esta prendió furiosamente, escuche la exclamación asombrada de la gente que creía ver en ello un prodigio, una expresión de la divina cólera.
Las esmeraldas que Dios le había dado por ojos siguieron las evoluciones de las llamas desprovistas de miedo o resignación, casi se podría decir que las esperaba ansiosa, como si en ello viera una liberación.
Había pensado que el fuego destinado a purificarla me purificaría a mí a un mismo tiempo, y así sería...
Escuche por segunda vez la exclamación de admiración de la muchedumbre, yo, el inquisidor, había subido a la hoguera indiferente a las llamas que se aferraban a mi habito con la misma voracidad con la que habían prendido en la madera, no en vano había tenido la previsión de impregnarlo de aceite.
No tardo en envolvernos cariñosamente el fuego aniquilando al resto del mundo, sus ojos se elevaron hacia mí, alcance a adivinar como una diminuta chispa prendía en su interior, como si de pronto me hubiera comprendido sin necesidad de gestos o palabras.
Pertenezco a esta mujer, y a ella me entrego, desconozco si por propia voluntad o por embrujo, no me importa, porque si bien no estábamos destinados en esta vida, tal vez estábamos destinados desde un principio en esta muerte... y si el fuego ha de purificar y desprender nuestras almas quiero que se confundan en una sola.
Y si Dios verdaderamente es amor... sabrá perdonarnos.
Dream, Fotografía por Napalm Studios





