-Hace cuarenta años yo era tan joven como tú, la Princesa Anya era apenas una niña...El cielo carecía de luna, de estrellas, era solo la noche en su negra pureza; la suave brisa agitaba las palmeras cercanas y la oscilante luz de las llamas iluminaba sus rostros: remarcaba con crueldad cada una de las arrugas que el rostro de Dalios había adquirido, destacaba el brillo de los oscuros ojos de Ekade, hacía danzar sus sombras sobre la arena cada vez más fría.
- La nube rojiza, el rugido del viento, la sofocante atmosfera... mis ojos observaron atónitos como se desplazaba la muerte sobre la arena. Sujete con tanta fuerza las bridas que los nudillos se me pusieron blancos y el pobre camello alzo la cabeza en son de protesta, a pesar de encontrarme a resguardo de la tormenta, a pesar que la distancia que me separaba de la misma... pude sentir como mi corazón se encogía y latía más lento a causa del miedo, cualquier hombre que sea testigo de la furia del Simún, de tan sobrecogedor espectáculo, experimentaría la misma sensación.
Exhalo entonces el humo denso y lento que hasta entonces había retenido en la boca, el olor del tabaco era dulce y picante a un mismo tiempo; el agua de la tetera apenas empezaba a hervir.
- Imagina entonces que pude haber experimentado al verlo coronar una duna ahí donde el viento y la arena se arremolinaban con más fuerza... una diminuta figura negra surgida de la nada, de donde no podría sobrevivir nada, del vientre de una tormenta imposible, el divino aliento de Dios soplando sobre el desierto... la distancia a la que me encontraba no me permitía distinguir mayor cosa, los ropajes negros, el cayado, uno de los brazos cubriendo los ojos, el avanzar lento y cansino.
Dalios se puso de pie, las manos entrelazadas tras la espalda, la pipa de brezo colgada de un extremo de la boca, los ojos cerrados como si de esa forma le fuera más fácil rememorar ese día.
- Aparecía y desaparecía de mi vista, ya fuera por las dunas, ya fuera por las ráfagas de arena, yo había perdido la noción del tiempo, de la realidad misma, estaba ahí paralizado, expectante, preguntándome si se trataría de un profeta o una mera ilusión que las luces, sombras y viento producían. Fue menguando la distancia que nos separaba y su figura se fue agrandando, avanzaba penosamente aún después de haber dejado atrás la tormenta, casi adivinaba el temblor que experimentaba su mano al hundir el cayado en la arena, el dolor que representaba alzar un pie tras el otro, desapareció tras la última duna que lo separaba de la que yo ocupaba, no lo vi emerger de nuevo tras lo que pudieron ser segundos u horas, ya he dicho que no podía precisar con claridad que tan lento o rápido avanzaba el tiempo, justo cuando ya azuzaba al camello el apareció, elevo la mirada al cielo un instante, extendió los brazos y entonces cedió en el toda fuerza y se desplomó, quedo el cayado enhiesto en la cima de la duna mientras él descendía la ladera girando sobre sí mismo, quedo tendido al pie de la misma, completamente inmóvil.
Ekade apuro un trago de té solo para apaciguar la resequedad que sentía en la garganta, era necesario para aventurar lo que hasta ese momento le había rondado la cabeza.
- No puede tratarse del mismo hombre, sería imposible...
Dalios no respondió de inmediato, giro la vista hacia el este desde donde el viento empezaba a soplar con más fuerza y hacía susurrar más gravemente a las palmeras.
- Es el mismo.
Una nueva bocanada de humo ascendió y se disolvió en el aire dejando tras de sí su penetrante fragancia, antes que Ekade pudiera encontrar las palabras para insistir en su argumento la voz de Dalios anudo nuevamente presente y pasado.
-Descendí del camello, él yacía boca abajo, ambas manos enguantadas, una cerrada sobre sí misma, la otra extendida y semienterrada en la arena, me incline y eleve la vista hacia donde el cayado permanecía como queriendo señalar hasta donde había sido capaz de llegar ese hombre, profeta o no, sentí que era mi deber darle adecuada sepultura, le di vuelta al cuerpo... en ese entonces nunca había conocido a los hombres blancos que vienen de mas allá del mar del norte, y aún así, después de haberlos conocido, puedo afirmar que la blancura de su piel no tenía comparación, y eso a pesar de las quemaduras, su rostro era el de un hombre joven, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, como detenidos a mitad de una palabra. Me llamo la atención entonces el broche que pendía de su pecho, me resultaba conocido, muy similar al de una familia noble que había podido observar en un anterior viaje, mis dedos intentaron desprenderlo cuando súbitamente una de sus manos asió desesperadamente mi brazo, sus parpados se abrieron y dejaron al descubierto unos ojos tan claros que resultaban hasta traslucidos, la mano que había permanecido cerrada se elevo y dejo al descubierto una quebradiza rosa del desierto, una sola palabra surgió de sus agrietados labios: Sibisse.
Dalios guardo silencio y casi esperaba escuchar a Ekade decir algo, protestar de alguna forma, habló... pero lo que dijo Dalios no podría haberlo esperado.
- Yo también encontré una rosa del desierto ahí donde desapareció el hombre que vi... - antes que Dalios pudiera preguntar porque no lo había dicho antes Ekade agrego - no creí importante decirlo antes, las rosas del desierto pueden encontrarse en cualquier parte... - miro pensativamente hacia las llamas que ahora parecían oscilar más a causa del viento - ¿Que sucedió entonces con el hombre?
- Lo monte como pude a mi camello y decidí llevarlo al campamento donde había visto un emblema similar, temblaba de pies a cabeza, asumí que probablemente a causa de una fiebre, le había proporcionado algo de agua pero fue incapaz de beber mucha, de sus labios seguía desprendiéndose el nombre de Sibisse y la reiterada mención de una "verdadera" rosa del desierto, todo lo demás eran balbuceos ininteligibles. No me costó mucho llegar al campamento, no me llevo más de medio día por lo que cuando el sol desaparecía en el horizonte me presente a la entrada de la tienda que me habían indicado pertenecía a la familia que buscaba, como era de esperarse se me negó la entrada, imposible me hubiera resultado entrar si no se me hubiera ocurrido preguntar por la Princesa Sibisse y mostrar el broche.
Dalios tuvo un repentino ataque de tos, una vez superado el mismo, maldijo de buena gana la mezcla de tabaco que le había proporcionado Ubay y juro hacérselo entender al regresar, el viento hacía estremecer a las palmeras.
- La sola mención del nombre y el mostrar el broche me abrió como por encanto todas las puertas, la Princesa Tazidat ordeno que me llevaran ante ella inmediatamente y trasladar al hombre de ropajes negros a sus propios aposentos y que se le cuidara y vigilara con toda diligencia, asumí que se trataría de algún miembro importante de la familia... al igual que tu, ante la vista de esos ojos azules y profundos, me sentí sumamente insignificante, avergonzado de mi falta de importancia, de mi humildad... la Princesa Anya era apenas una niña que se escondía tras el manto de su madre y ya a esa edad era un vivo retrato de su madre hasta en el más mínimo detalle, al igual que a tí se me hizo repetir cada detalle, de la misma forma vi velarse la mirada de la Princesa Tazidat, quien ante mi perplejidad tuvo la amabilidad de explicarme a mí, un simple pastor, el motivo de sus lagrimas y quien era Azenzar...
- ¿Azenzar? ¿Es ese su nombre? ¿Como pude haberlo visto si quedo al resguardo de la familia? ¿Se escapo?
Sin previo aviso Dalios arrojo arena sobre las ya menguantes llamas con los pies.
- Azenzar es efectivamente su nombre, respecto a si se escapo... no lo sé, a la mañana siguiente solo encontraron arena ahí donde tendría que haber yacido, la Princesa Tazidat dijo que más bien era el desierto quien lo había reclamado... ahora apresúrate y prepara tu camello, nos marchamos inmediatamente.
Ekade no pidió razones, no las necesitaba, se le habían erizado los cabellos con la última ráfaga cálida de viento... un aviso, una advertencia, el divino aliento de Dios soplaría sobre el desierto...
Siluetas, fotografía por Jacob
