lunes, 14 de marzo de 2011

Entre la arena y el tiempo (II Parte)

-Hace cuarenta años yo era tan joven como tú, la Princesa Anya era apenas una niña...

El cielo carecía de luna, de estrellas, era solo la noche en su negra pureza; la suave brisa agitaba las palmeras cercanas y la oscilante luz de las llamas iluminaba sus rostros: remarcaba con crueldad cada una de las arrugas que el rostro de Dalios había adquirido, destacaba el brillo de los oscuros ojos de Ekade, hacía danzar sus sombras sobre la arena cada vez más fría.

-
La nube rojiza, el rugido del viento, la sofocante atmosfera... mis ojos observaron atónitos como se desplazaba la muerte sobre la arena. Sujete con tanta fuerza las bridas que los nudillos se me pusieron blancos y el pobre camello alzo la cabeza en son de protesta, a pesar de encontrarme a resguardo de la tormenta, a pesar que la distancia que me separaba de la misma... pude sentir como mi corazón se encogía y latía más lento a causa del miedo, cualquier hombre que sea testigo de la furia del Simún, de tan sobrecogedor espectáculo, experimentaría la misma sensación.

Exhalo entonces el humo denso y lento que hasta entonces había retenido en la boca, el olor del tabaco era dulce y picante a un mismo tiempo; el agua de la tetera apenas empezaba a hervir.

- Imagina entonces que pude haber experimentado al verlo coronar una duna ahí donde el viento y la arena se arremolinaban con más fuerza... una diminuta figura negra surgida de la nada, de donde no podría sobrevivir nada, del vientre de una tormenta imposible, el divino aliento de Dios soplando sobre el desierto... la distancia a la que me encontraba no me permitía distinguir mayor cosa, los ropajes negros, el cayado, uno de los brazos cubriendo los ojos, el avanzar lento y cansino.

Dalios se puso de pie, las manos entrelazadas tras la espalda, la pipa de brezo colgada de un extremo de la boca, los ojos cerrados como si de esa forma le fuera más fácil rememorar ese día.

- Aparecía y desaparecía de mi vista, ya fuera por las dunas, ya fuera por las ráfagas de arena, yo había perdido la noción del tiempo, de la realidad misma, estaba ahí paralizado, expectante, preguntándome si se trataría de un profeta o una mera ilusión que las luces, sombras y viento producían. Fue menguando la distancia que nos separaba y su figura se fue agrandando, avanzaba penosamente aún después de haber dejado atrás la tormenta, casi adivinaba el temblor que experimentaba su mano al hundir el cayado en la arena, el dolor que representaba alzar un pie tras el otro, desapareció tras la última duna que lo separaba de la que yo ocupaba, no lo vi emerger de nuevo tras lo que pudieron ser segundos u horas, ya he dicho que no podía precisar con claridad que tan lento o rápido avanzaba el tiempo, justo cuando ya azuzaba al camello el apareció, elevo la mirada al cielo un instante, extendió los brazos y entonces cedió en el toda fuerza y se desplomó, quedo el cayado enhiesto en la cima de la duna mientras él descendía la ladera girando sobre sí mismo, quedo tendido al pie de la misma, completamente inmóvil.

Ekade apuro un trago de té solo para apaciguar la resequedad que sentía en la garganta, era necesario para aventurar lo que hasta ese momento le había rondado la cabeza.

- No puede tratarse del mismo hombre, sería imposible...

Dalios no respondió de inmediato, giro la vista hacia el este desde donde el viento empezaba a soplar con más fuerza y hacía susurrar más gravemente a las palmeras.

- Es el mismo.

Una nueva bocanada de humo ascendió y se disolvió en el aire dejando tras de sí su penetrante fragancia, antes que Ekade pudiera encontrar las palabras para insistir en su argumento la voz de Dalios anudo nuevamente presente y pasado.

-Descendí del camello, él yacía boca abajo, ambas manos enguantadas, una cerrada sobre sí misma, la otra extendida y semienterrada en la arena, me incline y eleve la vista hacia donde el cayado permanecía como queriendo señalar hasta donde había sido capaz de llegar ese hombre, profeta o no, sentí que era mi deber darle adecuada sepultura, le di vuelta al cuerpo... en ese entonces nunca había conocido a los hombres blancos que vienen de mas allá del mar del norte, y aún así, después de haberlos conocido, puedo afirmar que la blancura de su piel no tenía comparación, y eso a pesar de las quemaduras, su rostro era el de un hombre joven, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, como detenidos a mitad de una palabra. Me llamo la atención entonces el broche que pendía de su pecho, me resultaba conocido, muy similar al de una familia noble que había podido observar en un anterior viaje, mis dedos intentaron desprenderlo cuando súbitamente una de sus manos asió desesperadamente mi brazo, sus parpados se abrieron y dejaron al descubierto unos ojos tan claros que resultaban hasta traslucidos,
la mano que había permanecido cerrada se elevo y dejo al descubierto una quebradiza rosa del desierto, una sola palabra surgió de sus agrietados labios: Sibisse.

Dalios guardo silencio y casi esperaba escuchar a Ekade decir algo, protestar de alguna forma, habló... pero lo que dijo Dalios no podría haberlo esperado.

- Yo también encontré una rosa del desierto ahí donde desapareció el hombre que vi... - antes que Dalios pudiera preguntar porque no lo había dicho antes Ekade agrego - no creí importante decirlo antes, las rosas del desierto pueden encontrarse en cualquier parte... - miro pensativamente hacia las llamas que ahora parecían oscilar más a causa del viento - ¿Que sucedió entonces con el hombre?

- Lo monte como pude a mi camello y decidí llevarlo al campamento donde había visto un emblema similar, temblaba de pies a cabeza, asumí que probablemente a causa de una fiebre, le había proporcionado algo de agua pero fue incapaz de beber mucha, de sus labios seguía desprendiéndose el nombre de Sibisse y la reiterada mención de una "verdadera" rosa del desierto, todo lo demás eran balbuceos ininteligibles. No me costó mucho llegar al campamento, no me llevo más de medio día por lo que cuando el sol desaparecía en el horizonte me presente a la entrada de la tienda que me habían indicado pertenecía a la familia que buscaba, como era de esperarse se me negó la entrada, imposible me hubiera resultado entrar si no se me hubiera ocurrido preguntar por la Princesa Sibisse y mostrar el broche.

Dalios tuvo un repentino ataque de tos, una vez superado el mismo, maldijo de buena gana la mezcla de tabaco que le había proporcionado Ubay y juro hacérselo entender al regresar, el viento hacía estremecer a las palmeras.

- La sola mención del nombre y el mostrar el broche me abrió como por encanto todas las puertas, la Princesa Tazidat ordeno que me llevaran ante ella inmediatamente y trasladar al hombre de ropajes negros a sus propios aposentos y que se le cuidara y vigilara con toda diligencia, asumí que se trataría de algún miembro importante de la familia... al igual que tu, ante la vista de esos ojos azules y profundos, me sentí sumamente insignificante, avergonzado de mi falta de importancia, de mi humildad... la Princesa Anya era apenas una niña que se escondía tras el manto de su madre y ya a esa edad era un vivo retrato de su madre hasta en el más mínimo detalle, al igual que a tí se me hizo repetir cada detalle, de la misma forma vi velarse la mirada de la Princesa Tazidat, quien ante mi perplejidad tuvo la amabilidad de explicarme a mí, un simple pastor, el motivo de sus lagrimas y quien era Azenzar...

- ¿Azenzar? ¿Es ese su nombre? ¿Como pude haberlo visto si quedo al resguardo de la familia? ¿Se escapo?

Sin previo aviso Dalios arrojo arena sobre las ya menguantes llamas con los pies.

- Azenzar es efectivamente su nombre, respecto a si se escapo... no lo sé, a la mañana siguiente solo encontraron arena ahí donde tendría que haber yacido, la Princesa Tazidat dijo que más bien era el desierto quien lo había reclamado... ahora apresúrate y prepara tu camello, nos marchamos inmediatamente.

Ekade no pidió razones, no las necesitaba, se le habían erizado los cabellos con la última ráfaga cálida de viento... un aviso, una advertencia, el divino aliento de Dios soplaría sobre el desierto...



Siluetas, fotografía por Jacob

lunes, 7 de marzo de 2011

Entre la arena y el tiempo (I Parte)


-He visto a un hombre...

Quien así hablo fue Ekade, de todos el más joven, pero había tal solemnidad en sus palabras y las mismas habían sido tan repentinas que los demás pastores no pudieron evitar callar y esperar expectantes mientras la fogata hacia crepitar la madera y la brisa que soplaba sobre la arena anunciaba que no tardaría en caer sobre ellos la fría noche.

El joven levanto entonces la mirada que hasta ese momento había mantenido fija en el fuego y sus ojos usualmente fieros y rebeldes, recorrieron con nerviosismo el rostro de sus mayores, tal vez temeroso de la burla o la censura que pudieran granjearle sus palabras pareció indeciso entre continuar o guardar el debido silencio, los tonos rojizos y naranjas que pintaban el cielo empezaban a oscurecerse.

Dailos, que era entre ellos el de mayor edad y sabiduría, acaricio con mirada pensativa la barba entrecana que le colgaba hasta medio pecho mientras con un ademán de las manos invito al joven a terminar su confidencia. Ekade, inspiro profundamente entonces y continúo con su relato.

- Lo confundí al principio con una aparición, un espejismo, tal vez una ilusión... surgió de pronto, entre las dunas, en el horizonte, apenas una oscilante figura de ropajes negros, imprecisa y difusa a causa de las columnas de vapor que de la arena se elevaban, avanzaba penosamente apoyado en un cayado...

Ekade dio un largo sorbo a la botella que entonces le ofrecieron y tras devolverla bajo nuevamente la vista y guardo un indeciso silencio.

- ¿Que paso entonces? - Le apremio uno de los pastores.

- Nada que pueda explicar con palabras sin que me creáis loco... -
respondió Ekade casi inmediatamente - desapareció sin dejar rastro... una repentina ráfaga de viento alzo un remolino de arena y bastaron los pocos segundos en los que me cubrí los ojos...

El silencio persistió aún por algunos momentos sin que nadie dijera nada al respecto, Ekade que había temido escuchar risas y reproches, casi los hubiera preferido por sobre el vacío sepulcral que parecía haberse asentado en el circulo de hombres que rodeaban la fogata.

- Tal vez un genio...

- Quizás un demonio...

- Definitivamente un espejismo, los hay que son tan reales que cualquiera podría engañarse.

Tales fueron las opiniones que aventuraron algunos al sentirse igual de incómodos con la atmósfera que de pronto los rodeaba, la conversación siguió para alivio de muchos, otros derroteros pero sin que pudiera desvanecerse del todo la funesta aparición de la que había hablado Ekade.

Apenas despuntaba el alba en el cielo cuando Dalios sacudió al joven para despertarlo de las brumas del sueño.

- Despierta. Es mucho el camino que tenemos que recorrer para llegar al campamento del norte.

Ekade que había sido incapaz de cerrar los ojos durante toda la noche se incorporo al momento y pregunto:

- ¿El campamento del norte? ¿Qué asunto nos lleva hasta ahí? ¿Que pasará con mis rebaños?

- Ubay cuidara de tus rebaños, en cuanto al norte, hay alguien a quien tienes que contarle lo que a nosotros has contado.

- Tal vez no haya sido más que un espejismo, yo creo que...

- La veracidad de lo que hayas visto o dejado de ver lo decidirá ella, ahora prepárate para partir cuanto antes y no se hable más.

Siguieron entonces las rutas más rápidas hacia el norte y tras algunos días entraron en el campamento montados sobre sus camellos, durante todo ese tiempo Dalios se negó a darle al joven mas detalles respecto al motivo e importancia del viaje, ahora, apenas puestos los pies sobre la arena le indico a Ekade que aguardará mientras él se dirigía a la tienda más grande y suntuosa del campamento.

No tardo entonces Ekade en comparecer ante Anya, la de ojos tan azules como los oasis y de quien se decía había heredado la legendaria belleza que caracterizaba a su real estirpe.

Ekade no pudo evitar sentirse avergonzado de lo basto y humilde de sus ropas, de sus toscos modales, de la total insignificancia de su persona. Estrujo entre las manos el raído gorro sin comprender que podía necesitar de él tan importante persona. Dalios tuvo que indicarle que la Princesa quería escuchar de su propia boca el relato del encuentro.

Tras algunos iniciales balbuceos el joven pudo cumplir con lo que de él se requería, la princesa lo escucho con suma atención, lo hizo repasar una y otra vez algunos puntos, aquellos que de alguna forma pudieran ayudar en la descripción del hombre que tan súbitamente había aparecido y desaparecido entre la arena.

Tal vez al verse confirmada las sospechas de la Princesa esta no pudo continuar reprimiendo el llanto que a sus ojos asomaba, aparto el rostro y dio por concluida la audiencia.

Ya montados sobre sus camellos y dejado atrás el campamento Dalios dio forma y voz a la pregunta que hasta ese momento Ekade no se había atrevido a realizar.

- El hombre que viste, en cierto modo... es tan real como lo eres tú, como lo soy yo.

La lenta y cansada voz de Dalios remonto entonces los años para darle un significado a esta historia...



Desierto, fotografía por José Joaquín Perez Soriano.