sábado, 8 de enero de 2011

El Incendio de San Sebastián (I Parte)



"Los grandes incendios nacen de las chispas pequeñas"
(Cardenal Richeliu)

Las campanas tocaban a rebato y la gente fácilmente podía dividirse en cuatro grupos: Los que intentaban desesperadamente sofocar el incendio, los que intentaban desesperadamente salvar algo de entre las llamas, los que intentaban desesperadamente ponerse a resguardo... y los que ya no desesperaban por ninguna de las anteriores causas por la simple razón de estar muertos, gravemente quemados, o resignados a dar todo por perdido.

Para mí se trataba de pulsar desesperadamente un botón para recoger la mayor cantidad de imágenes posible, un metálico chasquido y un destello hacían el resto del trabajo, enfocaba con el lente a diestra y siniestra porque todo me valía para una grandiosa foto y en esa situación solo debía preocuparme por contar con los suficientes rollos de película.

- Vaya noche más cálida. ¿No le parece?

El comentario había procedido de una silueta que se había materializado a mi lado sin previo aviso, las flamas danzaban sobre los tejados y devoraban vorazmente todo cuanto alcanzaban, en el aire había gritos desesperados y llanto... no era el comentario más adecuado si se tenían en cuenta las circunstancias que nos rodeaban.

Me volví entonces con viva curiosidad, el comentario había sido proferido en un tono de voz neutral, indiferente por decirlo de alguna forma, como si las palabras lejos de toda ironía o ambigüedad se limitarán a expresar algo evidente. Solo alcance a atisbar algunos de sus rasgos, aquellos que el oscilante resplandor del fuego lograba despejar de sombras.

Era alto y delgado, la postura desenfadada, el cabello medianamente largo alternaba indeciso entre ondas y líneas rectas enmarcando el delicado y pálido rostro, los ojos somnolientos semejaban profundos y vacíos espejos negros, la boca apenas estaba constituida por unas tenues y delgadas líneas que por alguna extraña razón parecían incapaces de generar algún otro gesto que no fuera una sardónica y despectiva sonrisa.

Se quedo parado a mi lado y no dijo nada más, contemplo como las llamas trepaban ferozmente las viejas paredes del ayuntamiento sin manifestar la más mínima emoción, como sí la vorágine desatada ante nosotros fuera tan común como observar tras la ventana un día lluvioso.

Llegué a pensar que se trataba de un ciego, tal vez fuera un pobre loco...

Le propino una profunda calada al cigarrillo apresado entre los dedos y por la forma en que brillaron sus ojos antes de entornarlos tuve que descartar ambas posibilidades, él era algo más pero no sabía precisar en qué sentido, dio media vuelta y se retiro con pasos lentos y cansados, una mano permanentemente oculta en el vasto bolsillo de la chaqueta y la otra colgando a un costado del cuerpo y ascendiendo solo a intervalos regulares para quitar o poner el cigarrillo entre los delgados labios.

Lo seguí con la mirada absorta hasta que un estruendo me devolvió a la realidad, a mis espaldas las columnas del ayuntamiento habían terminado por ceder y con ellas se había derrumbado el edificio levantando una nube de humo y fuego por sobre los escombros.

La cámara fotográfica había permanecido inmóvil hasta ese momento entre mis manos. Hubiera sido una foto única... El periódico me había enviado para cubrir una pintoresca y anodina festividad que había devenido en un repentino siniestro de gran magnitud, estaba en el lugar indicado al momento indicado, y una coincidencia de ese tipo puede parecer sencilla pero no lo es, no había otro periodista aparte de mí, una oportunidad única, una oportunidad soñada...

Enfoque las ruinas de lo que había sido el histórico ayuntamiento y tomé una última foto, había decidido perseguirle... tal vez estuviera desperdiciando el momento más afortunado de toda mi carrera, quisiera decir que todo fue cuestión de instinto, que intuía una historia por contar, pero la verdad sea dicha me empujaba una cierta y morbosa fascinación, había en él algo turbio y yo quería (y necesitaba) saber que era.

Corrí entonces como muchos otros por las empedradas calles, mi mirada saltaba frenéticamente de un lado a otro buscándolo. No importaba adonde mirase todo evidenciaba el desastre, hombres y mujeres deambulaban con la mirada perdida o llamando ansiosamente a alguien que tal vez ya no podía responderles, los había quienes lloraban ya a algún ser querido o simplemente lamentaban como el esfuerzo de los años había podido desvanecerse con el humo en un instante.

Me detuve en un cruce de calles para recuperar el aliento, resultaba difícil respirar el cálido aire, no podía encontrarlo... era como si se lo hubiera tragado o bien la noche o bien el fuego, quizás ambos.

Pero lo reconocí a lo lejos, inconfundible era su desgarbada figura, su andar indolente, la mano siempre oculta en el bolsillo, y la otra colgando de vez en cuando un cigarrillo de la boca, encamine hacia él mis pasos, decidí seguirlo a una distancia prudente mientras concebía ideas, barajaba posibilidades, buscaba darle un significado o un sentido, algo que me permitiera esclarecer su figura.

Me pregunté si no tendría algo que ver con el fuego dada su completa indiferencia ante los sucesos.

Entregado a esas cavilaciones levante la vista como venía haciendo para constatar sus progresos, me paralice inmediatamente, él se había detenido apenas unos cuantos metros por delante... y me miraba fijamente mientras el fuego iluminaba a medias su sonrisa.


El espectador ante el fuego, óleo de Tomás Martínez

1 comentario:

Dalila Pasos dijo...

Me gustó una descripción que hay por ahi, creo que la del rostro del misterioso hombre del cigarro y su sonrisa. Sólo una cosita, en el primer párrafo tendrías que cambiar el "resignarse", por "resignados" porque está atendiendo a "los que ya no" por bla, bla, quemados y "resignados por dar(lo) todo por perdido" creo que (lo) tmb lo puedes omitir.
La otra cosita es que es esta frase "Era alto y delgado, la postura (era) desenfadada" el segundo (era) está demás.
En general me mantuve un poco en suspenso jeje.