
"Allí, donde, cada vez que la vida parecía insoportable, se podía vagar con un capullo de lila apretado entre los labios y lágrimas como luciérnagas en los ojos."
Vladimir Nabokov
Sus dedos acariciaron con ternura el basto papel de empaque. Recrearon sobre el mismo las líneas que componían el paisaje, los delgados trazos de los troncos de los árboles, las difuminadas pinceladas que sugerían el otoño o el incendio.
No pudo reprimir una pequeña risa. Ella misma fue la primera en formular una pregunta que después él escucharía una infinidad de veces:
<< ¿Es un desatado incendio o la presencia del otoño en las hojas? >>
Era una tarde lluviosa y fría. Eran ellos dos en esa desvencijada habitación que él proclamaba con todo orgullo como su estudio. Ella se apoyaba contra una ventana, las manos hundidas en los bolsillos a causa del frío. Él deslizaba el pincel sobre el lienzo y rebajaba con mucha paciencia la intensidad del rojo hasta dar con la tonalidad que deseaba, la que había soñado, la que necesitaba.
Acostumbrada a sus lapsos de ensimismamiento no le dio mayor importancia a la falta de respuesta, miró hacia el difuso paisaje que ofrecía la calle a través de los vidrios empañados y, entonces, como si durante todo ese tiempo hubiera estado sopesando su respuesta, él dijo:
<< No lo sé, no sabría decírtelo, simplemente la imagen que soñé es así. >>
Se había vuelto hacia ella y tenía en el rostro una sonrisa tonta e ingenua a un mismo tiempo y que resultaba tan poco habitual, como los días en que llueve al mismo tiempo que alumbra el sol.
Experimentó un sobresalto que la hizo volver en sí. Las tristes campanas de la iglesia cercana eran las culpables. Las contó: las cinco de la tarde. Lo confirmaba la mortecina luz que se colaba por los ventanales, las agujas del reloj, la monótona voz que sonaba en ese momento a través de la radio…
No tuvo duda, la felicidad que había experimentado al recobrar la pintura era la que solo puede sentir quien recupera algo que daba por perdido. Se levantó, cerró las persianas y tomó el cuadro entre sus brazos, salió del despacho y descendió por las escaleras hasta la primera planta y, desde ahí, se dirigió hasta la sala central haciendo uso de los corredores que sabía, con seguridad, se encontrarían desiertos a esa hora.
Empleó la llave que pendía de su cuello, la puerta dejó de oponer resistencia y se abrió a lo que con justa causa podría considerarse un mundo aparte: una luz áurea se desbordaba desde las altas ventanas e inundaba la estancia con el expreso propósito de crear una atmosfera dorada. Ella misma había colgado cada uno de los cuadros y había dispuesto con cariño cada uno de los elementos que llenaban la habitación. Un espacio único al que podía llamar propio, al que podía llamar suyo.
La filosa hoja de un abrecartas destelló y con precisión removió el papel que hasta entonces había velado un otoñal infierno que rápidamente acomodó en la pared, en un espacio reservado para su uso desde un principio. Solo entonces, al saberlo a salvo entre esas cuatro paredes y reintegrado a esa colección de sueños, pudo respirar con alivio. Constituía una ironía el que una pintura que hubiera sido tan difícil de vender hubiera resultado tan difícil de recuperar… una pintura que había surgido en una tarde lluviosa y respecto a la cual ni siquiera su propio creador podía definir…
Por ese cuadro, por los que se apiñaban a su alrededor, por los que colgaban en la pared de enfrente, en la de al lado, por los que tenían espacio y debían apilarse contra una esquina, por cada uno de ellos había removido cielo y tierra, invertido el tiempo, esfuerzo, dinero y paciencia necesarios para reunirlos en esa estancia que resultaba hasta pequeña para contenerlos, porque los quería a todos, porque eran mudos testigos de momentos que ella no quería olvidar.
Porque si otras personas se valían de fotos para recordar, ella bien podía valerse de cada uno de los trazos que el pincel de Santiago había seguido sobre cada lienzo.
Su mirada entonces buscó por instinto el cuadro que sobre lo alto de la pared reinaba sobre los demás: una onírica luna rota que se desmigajaba en un infinito remolino de plumas y pétalos sobre un campo de espigas azules. Su cuadro, el favorito, el que consideraba sin duda el más valioso porque había sido suyo desde el primer momento…
<< ¿Qué te parece? >>
La pregunta en sí misma era una rareza, un hecho sin precedentes. Él nunca valoraba lo que hacía, no en ese modo. Se limitaba a plasmar los colores, a esbozar las líneas. Una pintura terminada era retirada del caballete y remplazada por un nuevo lienzo sin que por su parte mediara la mas mínima palabra; era lo habitual, a lo que ella estaba acostumbrada, por eso no pudo evitar desviar la mirada del cuadro por un segundo, el tiempo justo y necesario para comprobar que él no bromeaba, que sus labios se habían reducido a una apretada línea que denotaba únicamente una rígida solemnidad por su parte.
<< Me encanta… simplemente me encanta. >>
<< Entonces no hay nada más que hablar. Es tuyo. >> - La delgada línea de su boca se expandió hasta convertirse en una amplia y satisfecha sonrisa.
<< ¿Tengo que recordarte que técnicamente todas tus pinturas me pertenecen? >> - Preguntó ella mientras le reñía y entrelazaba su brazo con el suyo.
<< Todas le pertenecen a la galería según lo estipula el contrato, pero esta solo puede pertenecerte a ti, es mi regalo de cumpleaños. >>
<< Mi cumpleaños fue hace dos semanas... >>
<< Hace dos semanas aún no había soñado con esto. >>
Hay personas que se valen de fotografías para recuperar un momento pasado…
Inés bajó la vista y un moribundo rayo de sol fue suficiente para hacer relucir la solitaria y diáfana gota de cristal que se precipito silenciosa por su mejilla.
Hasta ella llegaron entonces los amortiguados y renovados ecos de campanas anunciando que era preciso abandonar, que era preciso volver, que Pablo tal vez ya estaría esperando a ver morir el sol.
Con delicadeza una de sus manos borró cualquier evidencia de llanto de su rostro, recogió los restos de papel, se dirigió hacia la puerta y antes de cerrarla tras de sí aún tuvo que hacer un esfuerzo para que su mirada no buscara dentro de la habitación el caballete sobre el cual todavía había un lienzo y sobre el lienzo los trazos, los colores, los jirones de un sueño… una pintura inconclusa.
No le pertenecía a la galería.
Y tampoco le pertenecía a ella.



