lunes, 14 de noviembre de 2011

4 : II (Inés)


"Allí, donde, cada vez que la vida parecía insoportable, se podía vagar con un capullo de lila apretado entre los labios y lágrimas como luciérnagas en los ojos."

Vladimir Nabokov

Sus dedos acariciaron con ternura el basto papel de empaque. Recrearon sobre el mismo las líneas que componían el paisaje, los delgados trazos de los troncos de los árboles, las difuminadas pinceladas que sugerían el otoño o el incendio.

No pudo reprimir una pequeña risa. Ella misma fue la primera en formular una pregunta que después él escucharía una infinidad de veces:

<< ¿Es un desatado incendio o la presencia del otoño en las hojas? >>

Era una tarde lluviosa y fría. Eran ellos dos en esa desvencijada habitación que él proclamaba con todo orgullo como su estudio. Ella se apoyaba contra una ventana, las manos hundidas en los bolsillos a causa del frío. Él deslizaba el pincel sobre el lienzo y rebajaba con mucha paciencia la intensidad del rojo hasta dar con la tonalidad que deseaba, la que había soñado, la que necesitaba.

Acostumbrada a sus lapsos de ensimismamiento no le dio mayor importancia a la falta de respuesta, miró hacia el difuso paisaje que ofrecía la calle a través de los vidrios empañados y, entonces, como si durante todo ese tiempo hubiera estado sopesando su respuesta, él dijo:

<< No lo sé, no sabría decírtelo, simplemente la imagen que soñé es así. >>

Se había vuelto hacia ella y tenía en el rostro una sonrisa tonta e ingenua a un mismo tiempo y que resultaba tan poco habitual, como los días en que llueve al mismo tiempo que alumbra el sol.

Experimentó un sobresalto que la hizo volver en sí. Las tristes campanas de la iglesia cercana eran las culpables. Las contó: las cinco de la tarde. Lo confirmaba la mortecina luz que se colaba por los ventanales, las agujas del reloj, la monótona voz que sonaba en ese momento a través de la radio…

No tuvo duda, la felicidad que había experimentado al recobrar la pintura era la que solo puede sentir quien recupera algo que daba por perdido. Se levantó, cerró las persianas y tomó el cuadro entre sus brazos, salió del despacho y descendió por las escaleras hasta la primera planta y, desde ahí, se dirigió hasta la sala central haciendo uso de los corredores que sabía, con seguridad, se encontrarían desiertos a esa hora.

Empleó la llave que pendía de su cuello, la puerta dejó de oponer resistencia y se abrió a lo que con justa causa podría considerarse un mundo aparte: una luz áurea se desbordaba desde las altas ventanas e inundaba la estancia con el expreso propósito de crear una atmosfera dorada. Ella misma había colgado cada uno de los cuadros y había dispuesto con cariño cada uno de los elementos que llenaban la habitación. Un espacio único al que podía llamar propio, al que podía llamar suyo.

La filosa hoja de un abrecartas destelló y con precisión removió el papel que hasta entonces había velado un otoñal infierno que rápidamente acomodó en la pared, en un espacio reservado para su uso desde un principio. Solo entonces, al saberlo a salvo entre esas cuatro paredes y reintegrado a esa colección de sueños, pudo respirar con alivio. Constituía una ironía el que una pintura que hubiera sido tan difícil de vender hubiera resultado tan difícil de recuperar… una pintura que había surgido en una tarde lluviosa y respecto a la cual ni siquiera su propio creador podía definir…

Por ese cuadro, por los que se apiñaban a su alrededor, por los que colgaban en la pared de enfrente, en la de al lado, por los que tenían espacio y debían apilarse contra una esquina, por cada uno de ellos había removido cielo y tierra, invertido el tiempo, esfuerzo, dinero y paciencia necesarios para reunirlos en esa estancia que resultaba hasta pequeña para contenerlos, porque los quería a todos, porque eran mudos testigos de momentos que ella no quería olvidar.

Porque si otras personas se valían de fotos para recordar, ella bien podía valerse de cada uno de los trazos que el pincel de Santiago había seguido sobre cada lienzo.

Su mirada entonces buscó por instinto el cuadro que sobre lo alto de la pared reinaba sobre los demás: una onírica luna rota que se desmigajaba en un infinito remolino de plumas y pétalos sobre un campo de espigas azules. Su cuadro, el favorito, el que consideraba sin duda el más valioso porque había sido suyo desde el primer momento…

<< ¿Qué te parece? >>

La pregunta en sí misma era una rareza, un hecho sin precedentes. Él nunca valoraba lo que hacía, no en ese modo. Se limitaba a plasmar los colores, a esbozar las líneas. Una pintura terminada era retirada del caballete y remplazada por un nuevo lienzo sin que por su parte mediara la mas mínima palabra; era lo habitual, a lo que ella estaba acostumbrada, por eso no pudo evitar desviar la mirada del cuadro por un segundo, el tiempo justo y necesario para comprobar que él no bromeaba, que sus labios se habían reducido a una apretada línea que denotaba únicamente una rígida solemnidad por su parte.

<< Me encanta… simplemente me encanta. >>

<< Entonces no hay nada más que hablar. Es tuyo. >> - La delgada línea de su boca se expandió hasta convertirse en una amplia y satisfecha sonrisa.

<< ¿Tengo que recordarte que técnicamente todas tus pinturas me pertenecen? >> - Preguntó ella mientras le reñía y entrelazaba su brazo con el suyo.

<< Todas le pertenecen a la galería según lo estipula el contrato, pero esta solo puede pertenecerte a ti, es mi regalo de cumpleaños. >>

<< Mi cumpleaños fue hace dos semanas... >>

<< Hace dos semanas aún no había soñado con esto. >>

Hay personas que se valen de fotografías para recuperar un momento pasado…

Inés bajó la vista y un moribundo rayo de sol fue suficiente para hacer relucir la solitaria y diáfana gota de cristal que se precipito silenciosa por su mejilla.

Hasta ella llegaron entonces los amortiguados y renovados ecos de campanas anunciando que era preciso abandonar, que era preciso volver, que Pablo tal vez ya estaría esperando a ver morir el sol.

Con delicadeza una de sus manos borró cualquier evidencia de llanto de su rostro, recogió los restos de papel, se dirigió hacia la puerta y antes de cerrarla tras de sí aún tuvo que hacer un esfuerzo para que su mirada no buscara dentro de la habitación el caballete sobre el cual todavía había un lienzo y sobre el lienzo los trazos, los colores, los jirones de un sueño… una pintura inconclusa.

No le pertenecía a la galería.

Y tampoco le pertenecía a ella.

viernes, 21 de octubre de 2011

4 : I (Santiago)


"Sueño mis pinturas y luego pinto un sueño."

Van Gogh

Al traspasar la puerta la estancia parecía ampliarse, como si no tuviera límites a causa de la penumbra casi traslúcida que descendía desde el techo.Algunos reflectores la rasgaban a intervalos regulares, dejando charcos de luz sobre las negras y lustrosas baldosas del suelo, como difusas manchas de blanca pintura sobre un negro lienzo.


Se decidió entonces a recorrer la galería, a mezclarse con la gente que iba de un lado a otro y que formaba improvisados corros ante los cuadros. Los lienzos casi surgían de las entrañas mismas de las paredes, e iluminados por debajo delos marcos estaban dotados de un aura lánguida y fantasmal que realzaba la intensidad de sus colores, y les despojaba de las telarañas que solo puede tejer la paciente sombra. Hombres y mujeres discutían respecto a tonalidades, formas y contornos, contenidos y significados. Tras la improvisada orquestación de palabras y acentos, se deslizaban las mínimas notas de un piano, en las cuales reconoció las Gymnopédies de Satie.


Nadie dio muestras de reconocerlo.La penumbra los envolvía en un oscuro velo que hacía de todos ellos meras siluetas, cuyos rasgos solo podían adivinarse a medias, bajo los haces de luz o en cercanía de los cuadros.En todo caso, aprovecharía en la medida de lo posible el repentino anonimato. Le resultaba preferible ese tranquilo transitar, sin verse interpelado a cada momento, tal vez hasta disfrutaría de sus propios cuadros si se convencía de ser un espectador más, hacer de caso que la firma que figuraba en todos ellos no era la propia.


Ese desapego hacia su propia obra, donde no faltaba quien quisiera ver una estudiada y afectada postura, le obligaba un sinfín de veces a explicarse y finalmente adoptar un obstinado silencio ante la imposibilidad de hacerse entender. Su relación con el lienzo era un romance que duraba lo que tardaban en plasmarse las líneas y secarse la pintura de los trazos de su firma. Entonces el lienzo y su contenido dejaban de pertenecerle. A él solo le quedaba un repentino vacío en el pecho: como si la rabia, el amor, la tristeza o el desenfreno que le habían llevado a pintar desaparecieran por completo. Y ese entumecimiento podía durar unos minutos o prolongarse por semanas, todo dependía de lo que tardara su interior en generar una nueva imagen, en engendrar un nuevo sueño… Porque todo surgía de los sueños que no siempre lograban apresar sus manos.


Al pensar en ellas y ocultarlas en los bolsillos con nerviosismo, tuvo de pronto la extraña idea de que un pintor bien podría ser reconocido fácilmente por sus manos.Levantó la vista y se acercó a una de las paredes.El cuadro que la ocupaba no tenía quién lo contemplará, y dejaba languidecer sus árboles vestidos de otoño sobre un campo amarillo, bajo el resplandor de un sol bermejo.Lo observó detenidamente y entonces lo asaltó la duda.No sabía a ciencia cierta si había pintado un paisaje de otoño o un incendio, tal vez fuera ambas cosas a un mismo tiempo.


Percibió entonces un hálito de perfume que por alguna razón evocó en él una flor en forma de estrella y níveos pétalos. Una mujer se había detenido a su lado para contemplar la hoguera otoñal. Permanecieron mudos frente al cuadro sin decir palabra, como si esperaran a que el cuadro se definiera y diera paso, o bien a una tormenta que apagara el fuego, o a un repentino invierno que desnudara los árboles.


No hubo tiempo suficiente para que se obrara el milagro. Alguien más se detuvo cerca de ellos, y tras un breve intercambio de palabras se llevó consigo a la desconocida. Solo entonces, cuando el aroma se desvanecía junto a la evocación de la flor, él se atrevió a girar la vista. Pudo adivinar la suave curva de los desnudos hombros de ella, bajo un posesivo brazo enfundado en alpaca gris oscura, los cabellos a juego con el vestido, ambos teñidos de una resplandeciente negrura, al menos ese efecto parecía darles la penumbra.


Acarició la idea por un instante: flores blancas que parecían estrellas, cabellos y seda hechos de noche, de plumas de cuervo. Parecía suficiente para componer algo; sin embargo no lo era. Respiró con pesadez y encaminó sus pasos hacia el salón de la recepción.


Cuando giró el pomo de la puerta quedó casi ciego por el resplandor. Era como salir a la luz del día desde las profundidades de una caverna. Se vio forzado a cerrar los ojos, a dejar pasar un momento para poder adaptarlos a la fría claridad. La transición era agresiva, violenta pero efectiva. Toda la puesta en escena, hasta en su más ínfimo detalle, fue preparada para dar la sensación de ser acunado por la noche, dormir, soñar, adentrarse en un túnel donde los cuadros se transformaban en ventanas. Volver al salón era como un cruel despertar. Solo a Inés podría habérsele ocurrido.

Dejó atrás la galería para irrumpir en el salón. El anonimato que hasta ese momento había disfrutado se disolvió casi de inmediato por la cruda luz. Muy a su pesar se convirtió de nuevo en el centro de atención, sintió que una infinidad de curiosas miradas se clavaban en él como agujas.

Fue consciente entonces de las azuladas ojeras bajo sus ojos, de la irregular e hirsuta barba que se aferraba a sus mejillas, el cabello descuidado, echado a un lado, y lo peor de todo: el esmoquin.La sensación que él mismo le daba de ir disfrazado, de pretender ser algo que no era ni quería ser.


Vaciló. Volver al ensueño de la galería se le hizo sumamente tentador, pero ya se acercaba a él un grupo de rostros sonrientes y manos extendidas. Se elevó entonces a su alrededor un coro de voces deseosas de expresar sus impresiones, de encontrarle significados a las pinturas, que a él ni siquiera se le hubieran ocurrido. Se remitió entonces a las instrucciones básicas de supervivencia para tales casos: asentir o negar, sonreír, fingirse interesado; permanecer atento a la más mínima posibilidad de escape que se volvía casi imposible, a medida que más gente se iba adhiriendo al semicírculo que lo rodeaba.

Tras algunos minutos le empezaron a temblar, muy ligeramente, las comisuras de la boca, ante la imposibilidad de seguir sosteniendo la falsa sonrisa. Ya no resultaba tan claro a qué decir sí, a qué decir no…

Experimentó la sensación de ahogo que siempre le habían producido las reuniones con sus pequeñas e insufribles multitudes. Era como si el aire se enrareciera a su alrededor hasta volverse irrespirable. Entonces una mano asió la suya, le arrancó del centro del semicírculo. Resplandeció una sonrisa, y sonó una voz que él conocía desde siempre.


<< Lamento privarlos de la compañía del artista pero un compromiso de mucha importancia reclama su presencia. >>


La voz, aunque suave, era imperiosa, no pedía ni solicitaba, simplemente expresaba un deseo que no admitía réplicas. No obstante, es necesaria la aclaración: si bien el tono era muy propio de Inés, el mismo resultaba de lo más natural en ella. Hasta del más ínfimo de sus gestos se desprendía una cierta majestuosidad, un irresistible magnetismo que subyugaba a las personas a su alrededor haciendo imposible el negarle cualquier cosa, si a eso se aunaban los mil matices que podía adquirir su sonrisa…


Había desestimado el vestido de noche en favor de un elegante traje sastre más apropiado a su papel de directora de una de las más prosperas galerías de arte. La severa montura de sus gafas contrastaba con la afabilidad de su mirada. Las luces arrancaban dorados destellos a las prolongadas ondas de su cabello.


Él se dejó arrastrar, aliviado y dichoso a un mismo tiempo. Respirar era nuevamente algo sencillo, y sintiéndose finalmente seguro, por primera vez pudo observar a su alrededor con una autentica y despreocupada curiosidad que duraría apenas unos minutos, los suficientes y necesarios para comprobar que a pesar de no ser exactamente las mismas personas se comportaban del mismo modo, llevaban las mismas ropas y adoptaban las mismas expresiones al hablar, los mismos ademanes para explicarse…

Se disponía a hundir la mirada en los cabellos de Inés cuando algo llamó su atención, ni siquiera tuvo la certeza de haberlo observado, fue más bien como intuir un ligero movimiento, un destello, algo que se hubiera destacado por el simple hecho de ser inusual en el decorado. Se soltó y se detuvo con la esperanza de descubrir qué era.

<<¿Sucede algo?>>


Había una mezcla de sorpresa y curiosidad en la voz de Inés. Ella inmediatamente siguió su mirada, recitó el nombre de las personas que alcanzaba a ver en esa dirección, pero él se limitó a negar con la cabeza y sonreír como si quisiera hacerse disculpar por su comportamiento.


<< No es nada, creí entrever un destello o algo parecido... >>

<< ¿Un destello? Habrá sido efecto de la luz sobre alguna joya. >>

<< No… era azulado, tal vez fuera impresión mía, no hagas caso. >>


Inés lo condujo entonces hasta un extremo del salón. Le bastó un gesto para disuadir a quienes se les acercaban, tomó dos copas de una charola y le puso una en la mano mientras entrelazaba su brazo con el suyo. Se miraron a los ojos y se sonrieron. Cualquier otro gesto, ademán o palabra habría estado de más. Hay personas que necesitan de muy poco para entenderse.


El dulce y carmesí borgoña apenas había tocado sus labios cuando un hombre se detuvo junto a ellos. A él lo saludó con una ligera inclinación de cabeza y a ella con un ademán más reverente. Le comunicó algo por medio de un murmullo y a continuación se retiró. Ella supo disimular la contrariedad que el mensaje le había provocado, suspiró, se encogió de hombros y dijo:


<< Tendrás que disculparme pero ha surgido algo… >>


Le confió la copa y se apresuró a darle un rápido y ligero beso en la mejilla, antes de volverse presurosamente en la dirección donde a cierta distancia la esperaba el mensajero. No había dado más de algunos pasos cuando se volvió nuevamente, con una sonrisa traviesa entre los labios y desanduvo lo andado.


<< No creas que te abandono a tu suerte. Sigue este corredor hasta el final… y al final del mismo te encontrarás a salvo>>


Deslizó, entonces, en uno de los bolsillos de su esmoquin, un pequeño objeto, y se alejó dejando tras de sí únicamente la estela de su perfume. Él quedó entre desconocidos, siguiéndola con la mirada, sosteniendo una copa de borgoña en cada mano. Apuró de un trago la suya y conservó la de Inés. A contraluz podían notarse en el cristal las tenues impresiones dejadas por sus labios. A contraluz la copa parecía estar llena de rubíes líquidos. Acudió entonces a su mente una imagen: la copa rota contra el suelo, y la sangre derramada sobre el suelo.


Al final del corredor le esperaba una puerta cerrada. Le bastó con llevarse la mano al bolsillo para encontrar la llave que con un seco chasquido le permitió acceder a una habitación oscura. Depositó la copa sobre lo que le parecieron los contornos de un pequeño mueble y buscó a tientas el interruptor en la pared. Lo embargaba la curiosidad de averiguar qué podía haber dispuesto Inés en ese cuarto para él. La luz desveló un caballete y un inmaculado lienzo.

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lunes, 14 de marzo de 2011

Entre la arena y el tiempo (II Parte)

-Hace cuarenta años yo era tan joven como tú, la Princesa Anya era apenas una niña...

El cielo carecía de luna, de estrellas, era solo la noche en su negra pureza; la suave brisa agitaba las palmeras cercanas y la oscilante luz de las llamas iluminaba sus rostros: remarcaba con crueldad cada una de las arrugas que el rostro de Dalios había adquirido, destacaba el brillo de los oscuros ojos de Ekade, hacía danzar sus sombras sobre la arena cada vez más fría.

-
La nube rojiza, el rugido del viento, la sofocante atmosfera... mis ojos observaron atónitos como se desplazaba la muerte sobre la arena. Sujete con tanta fuerza las bridas que los nudillos se me pusieron blancos y el pobre camello alzo la cabeza en son de protesta, a pesar de encontrarme a resguardo de la tormenta, a pesar que la distancia que me separaba de la misma... pude sentir como mi corazón se encogía y latía más lento a causa del miedo, cualquier hombre que sea testigo de la furia del Simún, de tan sobrecogedor espectáculo, experimentaría la misma sensación.

Exhalo entonces el humo denso y lento que hasta entonces había retenido en la boca, el olor del tabaco era dulce y picante a un mismo tiempo; el agua de la tetera apenas empezaba a hervir.

- Imagina entonces que pude haber experimentado al verlo coronar una duna ahí donde el viento y la arena se arremolinaban con más fuerza... una diminuta figura negra surgida de la nada, de donde no podría sobrevivir nada, del vientre de una tormenta imposible, el divino aliento de Dios soplando sobre el desierto... la distancia a la que me encontraba no me permitía distinguir mayor cosa, los ropajes negros, el cayado, uno de los brazos cubriendo los ojos, el avanzar lento y cansino.

Dalios se puso de pie, las manos entrelazadas tras la espalda, la pipa de brezo colgada de un extremo de la boca, los ojos cerrados como si de esa forma le fuera más fácil rememorar ese día.

- Aparecía y desaparecía de mi vista, ya fuera por las dunas, ya fuera por las ráfagas de arena, yo había perdido la noción del tiempo, de la realidad misma, estaba ahí paralizado, expectante, preguntándome si se trataría de un profeta o una mera ilusión que las luces, sombras y viento producían. Fue menguando la distancia que nos separaba y su figura se fue agrandando, avanzaba penosamente aún después de haber dejado atrás la tormenta, casi adivinaba el temblor que experimentaba su mano al hundir el cayado en la arena, el dolor que representaba alzar un pie tras el otro, desapareció tras la última duna que lo separaba de la que yo ocupaba, no lo vi emerger de nuevo tras lo que pudieron ser segundos u horas, ya he dicho que no podía precisar con claridad que tan lento o rápido avanzaba el tiempo, justo cuando ya azuzaba al camello el apareció, elevo la mirada al cielo un instante, extendió los brazos y entonces cedió en el toda fuerza y se desplomó, quedo el cayado enhiesto en la cima de la duna mientras él descendía la ladera girando sobre sí mismo, quedo tendido al pie de la misma, completamente inmóvil.

Ekade apuro un trago de té solo para apaciguar la resequedad que sentía en la garganta, era necesario para aventurar lo que hasta ese momento le había rondado la cabeza.

- No puede tratarse del mismo hombre, sería imposible...

Dalios no respondió de inmediato, giro la vista hacia el este desde donde el viento empezaba a soplar con más fuerza y hacía susurrar más gravemente a las palmeras.

- Es el mismo.

Una nueva bocanada de humo ascendió y se disolvió en el aire dejando tras de sí su penetrante fragancia, antes que Ekade pudiera encontrar las palabras para insistir en su argumento la voz de Dalios anudo nuevamente presente y pasado.

-Descendí del camello, él yacía boca abajo, ambas manos enguantadas, una cerrada sobre sí misma, la otra extendida y semienterrada en la arena, me incline y eleve la vista hacia donde el cayado permanecía como queriendo señalar hasta donde había sido capaz de llegar ese hombre, profeta o no, sentí que era mi deber darle adecuada sepultura, le di vuelta al cuerpo... en ese entonces nunca había conocido a los hombres blancos que vienen de mas allá del mar del norte, y aún así, después de haberlos conocido, puedo afirmar que la blancura de su piel no tenía comparación, y eso a pesar de las quemaduras, su rostro era el de un hombre joven, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, como detenidos a mitad de una palabra. Me llamo la atención entonces el broche que pendía de su pecho, me resultaba conocido, muy similar al de una familia noble que había podido observar en un anterior viaje, mis dedos intentaron desprenderlo cuando súbitamente una de sus manos asió desesperadamente mi brazo, sus parpados se abrieron y dejaron al descubierto unos ojos tan claros que resultaban hasta traslucidos,
la mano que había permanecido cerrada se elevo y dejo al descubierto una quebradiza rosa del desierto, una sola palabra surgió de sus agrietados labios: Sibisse.

Dalios guardo silencio y casi esperaba escuchar a Ekade decir algo, protestar de alguna forma, habló... pero lo que dijo Dalios no podría haberlo esperado.

- Yo también encontré una rosa del desierto ahí donde desapareció el hombre que vi... - antes que Dalios pudiera preguntar porque no lo había dicho antes Ekade agrego - no creí importante decirlo antes, las rosas del desierto pueden encontrarse en cualquier parte... - miro pensativamente hacia las llamas que ahora parecían oscilar más a causa del viento - ¿Que sucedió entonces con el hombre?

- Lo monte como pude a mi camello y decidí llevarlo al campamento donde había visto un emblema similar, temblaba de pies a cabeza, asumí que probablemente a causa de una fiebre, le había proporcionado algo de agua pero fue incapaz de beber mucha, de sus labios seguía desprendiéndose el nombre de Sibisse y la reiterada mención de una "verdadera" rosa del desierto, todo lo demás eran balbuceos ininteligibles. No me costó mucho llegar al campamento, no me llevo más de medio día por lo que cuando el sol desaparecía en el horizonte me presente a la entrada de la tienda que me habían indicado pertenecía a la familia que buscaba, como era de esperarse se me negó la entrada, imposible me hubiera resultado entrar si no se me hubiera ocurrido preguntar por la Princesa Sibisse y mostrar el broche.

Dalios tuvo un repentino ataque de tos, una vez superado el mismo, maldijo de buena gana la mezcla de tabaco que le había proporcionado Ubay y juro hacérselo entender al regresar, el viento hacía estremecer a las palmeras.

- La sola mención del nombre y el mostrar el broche me abrió como por encanto todas las puertas, la Princesa Tazidat ordeno que me llevaran ante ella inmediatamente y trasladar al hombre de ropajes negros a sus propios aposentos y que se le cuidara y vigilara con toda diligencia, asumí que se trataría de algún miembro importante de la familia... al igual que tu, ante la vista de esos ojos azules y profundos, me sentí sumamente insignificante, avergonzado de mi falta de importancia, de mi humildad... la Princesa Anya era apenas una niña que se escondía tras el manto de su madre y ya a esa edad era un vivo retrato de su madre hasta en el más mínimo detalle, al igual que a tí se me hizo repetir cada detalle, de la misma forma vi velarse la mirada de la Princesa Tazidat, quien ante mi perplejidad tuvo la amabilidad de explicarme a mí, un simple pastor, el motivo de sus lagrimas y quien era Azenzar...

- ¿Azenzar? ¿Es ese su nombre? ¿Como pude haberlo visto si quedo al resguardo de la familia? ¿Se escapo?

Sin previo aviso Dalios arrojo arena sobre las ya menguantes llamas con los pies.

- Azenzar es efectivamente su nombre, respecto a si se escapo... no lo sé, a la mañana siguiente solo encontraron arena ahí donde tendría que haber yacido, la Princesa Tazidat dijo que más bien era el desierto quien lo había reclamado... ahora apresúrate y prepara tu camello, nos marchamos inmediatamente.

Ekade no pidió razones, no las necesitaba, se le habían erizado los cabellos con la última ráfaga cálida de viento... un aviso, una advertencia, el divino aliento de Dios soplaría sobre el desierto...



Siluetas, fotografía por Jacob

lunes, 7 de marzo de 2011

Entre la arena y el tiempo (I Parte)


-He visto a un hombre...

Quien así hablo fue Ekade, de todos el más joven, pero había tal solemnidad en sus palabras y las mismas habían sido tan repentinas que los demás pastores no pudieron evitar callar y esperar expectantes mientras la fogata hacia crepitar la madera y la brisa que soplaba sobre la arena anunciaba que no tardaría en caer sobre ellos la fría noche.

El joven levanto entonces la mirada que hasta ese momento había mantenido fija en el fuego y sus ojos usualmente fieros y rebeldes, recorrieron con nerviosismo el rostro de sus mayores, tal vez temeroso de la burla o la censura que pudieran granjearle sus palabras pareció indeciso entre continuar o guardar el debido silencio, los tonos rojizos y naranjas que pintaban el cielo empezaban a oscurecerse.

Dailos, que era entre ellos el de mayor edad y sabiduría, acaricio con mirada pensativa la barba entrecana que le colgaba hasta medio pecho mientras con un ademán de las manos invito al joven a terminar su confidencia. Ekade, inspiro profundamente entonces y continúo con su relato.

- Lo confundí al principio con una aparición, un espejismo, tal vez una ilusión... surgió de pronto, entre las dunas, en el horizonte, apenas una oscilante figura de ropajes negros, imprecisa y difusa a causa de las columnas de vapor que de la arena se elevaban, avanzaba penosamente apoyado en un cayado...

Ekade dio un largo sorbo a la botella que entonces le ofrecieron y tras devolverla bajo nuevamente la vista y guardo un indeciso silencio.

- ¿Que paso entonces? - Le apremio uno de los pastores.

- Nada que pueda explicar con palabras sin que me creáis loco... -
respondió Ekade casi inmediatamente - desapareció sin dejar rastro... una repentina ráfaga de viento alzo un remolino de arena y bastaron los pocos segundos en los que me cubrí los ojos...

El silencio persistió aún por algunos momentos sin que nadie dijera nada al respecto, Ekade que había temido escuchar risas y reproches, casi los hubiera preferido por sobre el vacío sepulcral que parecía haberse asentado en el circulo de hombres que rodeaban la fogata.

- Tal vez un genio...

- Quizás un demonio...

- Definitivamente un espejismo, los hay que son tan reales que cualquiera podría engañarse.

Tales fueron las opiniones que aventuraron algunos al sentirse igual de incómodos con la atmósfera que de pronto los rodeaba, la conversación siguió para alivio de muchos, otros derroteros pero sin que pudiera desvanecerse del todo la funesta aparición de la que había hablado Ekade.

Apenas despuntaba el alba en el cielo cuando Dalios sacudió al joven para despertarlo de las brumas del sueño.

- Despierta. Es mucho el camino que tenemos que recorrer para llegar al campamento del norte.

Ekade que había sido incapaz de cerrar los ojos durante toda la noche se incorporo al momento y pregunto:

- ¿El campamento del norte? ¿Qué asunto nos lleva hasta ahí? ¿Que pasará con mis rebaños?

- Ubay cuidara de tus rebaños, en cuanto al norte, hay alguien a quien tienes que contarle lo que a nosotros has contado.

- Tal vez no haya sido más que un espejismo, yo creo que...

- La veracidad de lo que hayas visto o dejado de ver lo decidirá ella, ahora prepárate para partir cuanto antes y no se hable más.

Siguieron entonces las rutas más rápidas hacia el norte y tras algunos días entraron en el campamento montados sobre sus camellos, durante todo ese tiempo Dalios se negó a darle al joven mas detalles respecto al motivo e importancia del viaje, ahora, apenas puestos los pies sobre la arena le indico a Ekade que aguardará mientras él se dirigía a la tienda más grande y suntuosa del campamento.

No tardo entonces Ekade en comparecer ante Anya, la de ojos tan azules como los oasis y de quien se decía había heredado la legendaria belleza que caracterizaba a su real estirpe.

Ekade no pudo evitar sentirse avergonzado de lo basto y humilde de sus ropas, de sus toscos modales, de la total insignificancia de su persona. Estrujo entre las manos el raído gorro sin comprender que podía necesitar de él tan importante persona. Dalios tuvo que indicarle que la Princesa quería escuchar de su propia boca el relato del encuentro.

Tras algunos iniciales balbuceos el joven pudo cumplir con lo que de él se requería, la princesa lo escucho con suma atención, lo hizo repasar una y otra vez algunos puntos, aquellos que de alguna forma pudieran ayudar en la descripción del hombre que tan súbitamente había aparecido y desaparecido entre la arena.

Tal vez al verse confirmada las sospechas de la Princesa esta no pudo continuar reprimiendo el llanto que a sus ojos asomaba, aparto el rostro y dio por concluida la audiencia.

Ya montados sobre sus camellos y dejado atrás el campamento Dalios dio forma y voz a la pregunta que hasta ese momento Ekade no se había atrevido a realizar.

- El hombre que viste, en cierto modo... es tan real como lo eres tú, como lo soy yo.

La lenta y cansada voz de Dalios remonto entonces los años para darle un significado a esta historia...



Desierto, fotografía por José Joaquín Perez Soriano.

lunes, 14 de febrero de 2011

El color de su mirada.


En esa enorme habitación donde los libros se acumulaban en ordenadas filas del suelo al techo, parte del mobiliario acumulaba resignadamente el polvo de los años, y los amplios ventanales dejaban pasar oblicuos rayos de una luz pálida, fría, e insuficiente para difuminar la densa y azulada penumbra que llenaba los rincones, en esa habitación... nada más se escuchaba que no fuera el afilado sonido de unas tijeras.

Ernesto las adivinaba moviéndose con rapidez y precisión quirúrgica alrededor de su rostro, el chasquido metálico levemente amortiguado por el tejido de las vendas que poco a poco iba sintiendo mas sueltas, sus dedos se habían crispado sobre el brazo del sillón en que se encontraba sentado. Ansiedad... la misma que podría experimentar un niño ante la visión de un regalo y la curiosidad por saber lo que el mismo oculta. Y si bien se había repetido hasta el cansancio que la expectación genera decepción... no podía evitar sentirse esperanzado.

El doctor dejo las tijeras a un lado y con las manos removió las pocas vendas que quedaban, con sumo cuidado dejo al descubierto los ojos de Ernesto mientras le prevenía que aún tendría que mantenerlos cerrados un momento, se acerco hasta el ventanal mas próximo y corrió las cortinas.

- Puede abrirlos ya, de todas formas va a sentirse deslumbrado, es lo normal.

Ernesto los abrió muy lentamente, casi con miedo de encontrar la perpetua noche de siempre ante sí, los entrecerró casi de inmediato. La pálida luz de la que ya he hablado para él era como mirar directamente al sol. Era como abrir repentinamente una ventana al interior de una casa cerrada.

Poco a poco, de entre ese cegador brillo, fueron surgiendo los contornos de las cosas. ¿Cómo podría explicarlo? Era algo así como redescubrir el mundo con sus olvidadas formas y colores.

La sonrisa que había aflorado espontánea a sus labios dio paso a las palabras más obvias y sencillas, para él llenas de significado.

- Puedo ver nuevamente...

El doctor se inclino entonces frente a él y estudió con atención cada uno de los ojos, asintió con la cabeza satisfecho al concluir el rápido examen.

- Todo va de maravilla, experimentara cierto cansancio mientras sus ojos se acostumbran pero es algo que poco a poco irá remitiendo, mientras tanto conviene no sobre esforzarse.

Tendió una mano que Ernesto estrecho efusivamente mientras se deshacía en palabras de agradecimiento, pregunto cómo probando suerte.

- ¿Leer?

El doctor miro a su alrededor la innumerable colección de libros que llenaban las paredes de la estancia y sonrío.

- De momento es aconsejable la paciencia, además y a juzgar por la capa de polvo en ciertos estantes diría que estos libros han tenido paciencia, algunos días más no les molestarán.

Ernesto acepto a regañadientes el consejo. Fue entonces cuando echo en falta la presencia de alguien más en la habitación se volvió hacia la puerta y la encontró cerrada. El doctor siguió su mirada y dijo:

- Que raro... la Srta. Agnes estaba parada ahí mismo hasta hace un momento, tal vez haya surgido algo que reclamara su atención.

Ernesto acaricio pensativamente la empuñadura del bastón que hasta ese día solo había conocido únicamente por el tacto, le resultaba imposible pensar en algo que pudiera ser más importante para Agnes que acompañarlo en ese momento. Giro la vista hacia la ventana. Una tenue tonalidad de azul pintaba un cielo sin nubes.

§

Y de pronto era como si ella hubiera desaparecido de la casa sin que nadie supiera darle mayor razón: "un viaje de emergencia" era la única respuesta.

Era extraño el transcurrir de los días sin el sonido de su voz o la suavidad de su contacto. Como si se hubiera difuminado al mismo tiempo que la oscuridad de su ceguera...

Ernesto adquirió nuevas costumbres, dejo tirado en una esquina el fiel bastón, cambio las tardes en el estudio por una banca del parque desde donde podía llenar la mirada de figuras: el vuelo de un pájaro, la sonrisa de un niño, una cometa arrastrada por el viento....

Abandono los libros de apretada escritura (que Agnes escogía y leía para él), por aquellos llenos de fotografías e imágenes. Le fascinaban sobremanera los manuales de pintura y no tanto los de escultura a causa de lo monocromáticos que resultaban el mármol, la piedra y el basalto.

Y ese amplio lienzo que ahora era el mundo se iba poblando de las más diversas imágenes, de todas las tonalidades posibles de color... pero faltaba Agnes.

Llego un momento en que a pura fuerza de extrañarla intento imaginarla, tarea difícil... ella había sido una bella y gentil voz en la oscuridad, un tacto suave y amable sobre su piel, una tenue fragancia a flores, nada de ello servía para materializarla ante sus ojos.

Se dio entonces a la tarea de reconstruirla; rescato de la memoria todos los fragmentos que pudieran ayudarle, todas aquellas pequeñas confesiones que de tarde en tarde había logrado arrancarle:

- ¿El color de mis ojos? Son del color del cielo recién amanecido en las mañanas de Febrero.

- Mis cabellos son de un castaño claro, apenas un poco más oscuro que una madura espiga de trigo.

-Mis labios son...

Recogió pacientemente cada alusión, cada palabra que en su momento fue una metáfora indescifrable y ahora resultaba un lenguaje de lo más sencillo.

Dedico días enteros a dibujarla detalladamente, cuando la imaginación resulto insuficiente se valió de cualquier papel, de cualquier superficie en la cual se pudieran trazar (con un pedazo de grafito, con una rama, con los propios dedos de ser preciso) las claras ondas de sus cabellos, la celeste profundidad de los ojos, la altivez de los labios, la tersa piel...

Comparaba entonces sus proyectados bocetos con el rostro de cualquier mujer que se cruzara en su camino y una simple ojeada le bastaba para convencerse que Agnes era por fuerza y por derecho más hermosa, tal vez incluso más de lo que él podía concebir.

Una tarde en que contra toda costumbre regreso al abandonado estudio pudo verla.

Su mano se poso sobre el picaporte y ahí se quedo quieta cuando escucho un débil murmullo al otro lado, se pego a la puerta para escuchar mejor (había comprobado con algo de resignación que su sentido del oído había menguado, o al menos así le parecía) su corazón palpito entonces con fuerza, hubiera reconocido esa voz entre el bullicio de una multitud.

Abrió la puerta muy lentamente y se acerco a ella sin apenas hacer ruido, o al menos lo intento, uno de sus pies golpeo muy levemente la pata de una mesa, apenas un roce, pero lo suficiente como para hacer caer una pila de libros que se sostenían en precario equilibrio.

Agnes se volvió e incorporo entonces asustada, sus miradas se cruzaron apenas un instante en esa estancia donde la penumbra era azulada y la luz resultaba pálida e insuficiente.

Nada dijo él cuando ella pasó corriendo a su lado: la cabeza gacha, las manos cubriéndole el rostro.

Ernesto, pasados unos instantes se acerco al atril donde reposaba abandonado el libro que ella había estado leyendo, unas cuantas líneas subrayadas en rojo:

"Mis ojos son del color del cielo recién amanecido en las mañanas de Febrero"

La mirada de Agnes no era de esa tonalidad, ni siquiera del mismo color...

§

Agnes se sometió entonces a un renovado encierro, a una autoinflingida oscuridad de puertas cerradas y cortinas corridas.

El espejo del tocador no reflejaba nada, su cristalina superficie estaba surcada de grietas concéntricas producto de un golpe dado con violenta desesperación, casi semejaba el dibujo de una perfecta telaraña.

No llevaba la cuenta de los días ni sabía si era de día o de noche.

En algún momento lo escucho llamar a la puerta, caminar interminablemente de un lado a otro del pasillo.

Rogó y amenazo, imploro y exigió que saliera de la habitación... sin resultado.

Había jurado no volver a exponerse a su mirada, a la lacerante decepción que había sorprendido al fondo de sus grises ojos, eso le había respondido a través de la puerta.

Nunca más, de ninguna forma.

Entonces escucho unos inconfundibles golpes a la puerta, la calmada voz del Doctor:

- Srta. Es imprescindible su ayuda, se ha encerrado bajo llave en el viejo estudio, no entiende de razones e insiste en que únicamente hablará con Ud.

La cerradura chirrió de forma escandalosa al ser abierta, siempre había sido la habitación favorita de Ernesto, cuando el accidente le provoco la ceguera dio la orden de clausurarla de puro despecho y así se hubiera mantenido si Agnes no hubiera llegado a la casa y encontrado la llave acumulando oxido en el sótano, al principio él se había mostrado renuente a permitirle usarla, al principio...

Estaba sentado de espaldas a la puerta como acostumbraba hacer para escucharla leer, la silla estaba a un lado del atril y frente al más amplio de los ventanales a través del cual se observaba el oscuro y huérfano cielo de la madrugada.

Al escucharla él no se volvió, permaneció con la vista fija en la ventana y dijo:

- Acércate Agnes.

Ella obedeció, se aproximo a él sin saber bien que hacer o decir, como si leyera sus pensamientos o intuyera sus dudas Ernesto hablo:

- Haz el favor de leer para mí.

- No es necesario... ya no necesitas que lea para tí
.

- No he preguntado si es necesario o no.

- No hay luz suficiente.

- Esperaremos al amanecer entonces.

Se mantuvieron entonces en silencio... envueltos en esa límpida y espesa penumbra azul, mientras un millar de silenciosos libros cubrían las paredes.

Con los primeros rayos de luz Agnes descubrió que el libro que se encontraba abierto sobre el atril era el mismo que había estado leyendo, y estaba abierto precisamente en la página subrayada.

Las lágrimas afloraron a sus ojos ante lo que considero una cruel burla, levanto la vista de las paginas para dirigirla hacia el rostro de Ernesto decidida a protestar...

No dijo nada. No pudo seguir reprimiendo el llanto al verlo

De sus cerrados ojos descendían listones secos de un color rojizo y oxidado, cerca de una de las patas de la silla brillaba un abrecartas manchado del mismo color...

Al escucharla llorar él movió la cabeza en su dirección:

- Extrañaba la oscuridad, extrañaba tu voz... y si ya hay suficiente luz me gustaría que empieces a leer.

A través de los ventanales podía contemplarse el cielo recién amanecido de una mañana de Febrero.


Sin Titulo. Fotografía por Javier Malisan.