
"Sueño mis pinturas y luego pinto un sueño."
Van Gogh
Al traspasar la puerta la estancia parecía ampliarse, como si no tuviera límites a causa de la penumbra casi traslúcida que descendía desde el techo.Algunos reflectores la rasgaban a intervalos regulares, dejando charcos de luz sobre las negras y lustrosas baldosas del suelo, como difusas manchas de blanca pintura sobre un negro lienzo.
Se decidió entonces a recorrer la galería, a mezclarse con la gente que iba de un lado a otro y que formaba improvisados corros ante los cuadros. Los lienzos casi surgían de las entrañas mismas de las paredes, e iluminados por debajo delos marcos estaban dotados de un aura lánguida y fantasmal que realzaba la intensidad de sus colores, y les despojaba de las telarañas que solo puede tejer la paciente sombra. Hombres y mujeres discutían respecto a tonalidades, formas y contornos, contenidos y significados. Tras la improvisada orquestación de palabras y acentos, se deslizaban las mínimas notas de un piano, en las cuales reconoció las Gymnopédies de Satie.
Nadie dio muestras de reconocerlo.La penumbra los envolvía en un oscuro velo que hacía de todos ellos meras siluetas, cuyos rasgos solo podían adivinarse a medias, bajo los haces de luz o en cercanía de los cuadros.En todo caso, aprovecharía en la medida de lo posible el repentino anonimato. Le resultaba preferible ese tranquilo transitar, sin verse interpelado a cada momento, tal vez hasta disfrutaría de sus propios cuadros si se convencía de ser un espectador más, hacer de caso que la firma que figuraba en todos ellos no era la propia.
Ese desapego hacia su propia obra, donde no faltaba quien quisiera ver una estudiada y afectada postura, le obligaba un sinfín de veces a explicarse y finalmente adoptar un obstinado silencio ante la imposibilidad de hacerse entender. Su relación con el lienzo era un romance que duraba lo que tardaban en plasmarse las líneas y secarse la pintura de los trazos de su firma. Entonces el lienzo y su contenido dejaban de pertenecerle. A él solo le quedaba un repentino vacío en el pecho: como si la rabia, el amor, la tristeza o el desenfreno que le habían llevado a pintar desaparecieran por completo. Y ese entumecimiento podía durar unos minutos o prolongarse por semanas, todo dependía de lo que tardara su interior en generar una nueva imagen, en engendrar un nuevo sueño… Porque todo surgía de los sueños que no siempre lograban apresar sus manos.
Al pensar en ellas y ocultarlas en los bolsillos con nerviosismo, tuvo de pronto la extraña idea de que un pintor bien podría ser reconocido fácilmente por sus manos.Levantó la vista y se acercó a una de las paredes.El cuadro que la ocupaba no tenía quién lo contemplará, y dejaba languidecer sus árboles vestidos de otoño sobre un campo amarillo, bajo el resplandor de un sol bermejo.Lo observó detenidamente y entonces lo asaltó la duda.No sabía a ciencia cierta si había pintado un paisaje de otoño o un incendio, tal vez fuera ambas cosas a un mismo tiempo.
Percibió entonces un hálito de perfume que por alguna razón evocó en él una flor en forma de estrella y níveos pétalos. Una mujer se había detenido a su lado para contemplar la hoguera otoñal. Permanecieron mudos frente al cuadro sin decir palabra, como si esperaran a que el cuadro se definiera y diera paso, o bien a una tormenta que apagara el fuego, o a un repentino invierno que desnudara los árboles.
No hubo tiempo suficiente para que se obrara el milagro. Alguien más se detuvo cerca de ellos, y tras un breve intercambio de palabras se llevó consigo a la desconocida. Solo entonces, cuando el aroma se desvanecía junto a la evocación de la flor, él se atrevió a girar la vista. Pudo adivinar la suave curva de los desnudos hombros de ella, bajo un posesivo brazo enfundado en alpaca gris oscura, los cabellos a juego con el vestido, ambos teñidos de una resplandeciente negrura, al menos ese efecto parecía darles la penumbra.
Acarició la idea por un instante: flores blancas que parecían estrellas, cabellos y seda hechos de noche, de plumas de cuervo. Parecía suficiente para componer algo; sin embargo no lo era. Respiró con pesadez y encaminó sus pasos hacia el salón de la recepción.
Cuando giró el pomo de la puerta quedó casi ciego por el resplandor. Era como salir a la luz del día desde las profundidades de una caverna. Se vio forzado a cerrar los ojos, a dejar pasar un momento para poder adaptarlos a la fría claridad. La transición era agresiva, violenta pero efectiva. Toda la puesta en escena, hasta en su más ínfimo detalle, fue preparada para dar la sensación de ser acunado por la noche, dormir, soñar, adentrarse en un túnel donde los cuadros se transformaban en ventanas. Volver al salón era como un cruel despertar. Solo a Inés podría habérsele ocurrido.
Dejó atrás la galería para irrumpir en el salón. El anonimato que hasta ese momento había disfrutado se disolvió casi de inmediato por la cruda luz. Muy a su pesar se convirtió de nuevo en el centro de atención, sintió que una infinidad de curiosas miradas se clavaban en él como agujas.
Fue consciente entonces de las azuladas ojeras bajo sus ojos, de la irregular e hirsuta barba que se aferraba a sus mejillas, el cabello descuidado, echado a un lado, y lo peor de todo: el esmoquin.La sensación que él mismo le daba de ir disfrazado, de pretender ser algo que no era ni quería ser.
Vaciló. Volver al ensueño de la galería se le hizo sumamente tentador, pero ya se acercaba a él un grupo de rostros sonrientes y manos extendidas. Se elevó entonces a su alrededor un coro de voces deseosas de expresar sus impresiones, de encontrarle significados a las pinturas, que a él ni siquiera se le hubieran ocurrido. Se remitió entonces a las instrucciones básicas de supervivencia para tales casos: asentir o negar, sonreír, fingirse interesado; permanecer atento a la más mínima posibilidad de escape que se volvía casi imposible, a medida que más gente se iba adhiriendo al semicírculo que lo rodeaba.
Tras algunos minutos le empezaron a temblar, muy ligeramente, las comisuras de la boca, ante la imposibilidad de seguir sosteniendo la falsa sonrisa. Ya no resultaba tan claro a qué decir sí, a qué decir no…
Experimentó la sensación de ahogo que siempre le habían producido las reuniones con sus pequeñas e insufribles multitudes. Era como si el aire se enrareciera a su alrededor hasta volverse irrespirable. Entonces una mano asió la suya, le arrancó del centro del semicírculo. Resplandeció una sonrisa, y sonó una voz que él conocía desde siempre.
<< Lamento privarlos de la compañía del artista pero un compromiso de mucha importancia reclama su presencia. >>
La voz, aunque suave, era imperiosa, no pedía ni solicitaba, simplemente expresaba un deseo que no admitía réplicas. No obstante, es necesaria la aclaración: si bien el tono era muy propio de Inés, el mismo resultaba de lo más natural en ella. Hasta del más ínfimo de sus gestos se desprendía una cierta majestuosidad, un irresistible magnetismo que subyugaba a las personas a su alrededor haciendo imposible el negarle cualquier cosa, si a eso se aunaban los mil matices que podía adquirir su sonrisa…
Había desestimado el vestido de noche en favor de un elegante traje sastre más apropiado a su papel de directora de una de las más prosperas galerías de arte. La severa montura de sus gafas contrastaba con la afabilidad de su mirada. Las luces arrancaban dorados destellos a las prolongadas ondas de su cabello.
Él se dejó arrastrar, aliviado y dichoso a un mismo tiempo. Respirar era nuevamente algo sencillo, y sintiéndose finalmente seguro, por primera vez pudo observar a su alrededor con una autentica y despreocupada curiosidad que duraría apenas unos minutos, los suficientes y necesarios para comprobar que a pesar de no ser exactamente las mismas personas se comportaban del mismo modo, llevaban las mismas ropas y adoptaban las mismas expresiones al hablar, los mismos ademanes para explicarse…
Se disponía a hundir la mirada en los cabellos de Inés cuando algo llamó su atención, ni siquiera tuvo la certeza de haberlo observado, fue más bien como intuir un ligero movimiento, un destello, algo que se hubiera destacado por el simple hecho de ser inusual en el decorado. Se soltó y se detuvo con la esperanza de descubrir qué era.
<<¿Sucede algo?>>
Había una mezcla de sorpresa y curiosidad en la voz de Inés. Ella inmediatamente siguió su mirada, recitó el nombre de las personas que alcanzaba a ver en esa dirección, pero él se limitó a negar con la cabeza y sonreír como si quisiera hacerse disculpar por su comportamiento.
<< No es nada, creí entrever un destello o algo parecido... >>
<< ¿Un destello? Habrá sido efecto de la luz sobre alguna joya. >>
<< No… era azulado, tal vez fuera impresión mía, no hagas caso. >>
Inés lo condujo entonces hasta un extremo del salón. Le bastó un gesto para disuadir a quienes se les acercaban, tomó dos copas de una charola y le puso una en la mano mientras entrelazaba su brazo con el suyo. Se miraron a los ojos y se sonrieron. Cualquier otro gesto, ademán o palabra habría estado de más. Hay personas que necesitan de muy poco para entenderse.
El dulce y carmesí borgoña apenas había tocado sus labios cuando un hombre se detuvo junto a ellos. A él lo saludó con una ligera inclinación de cabeza y a ella con un ademán más reverente. Le comunicó algo por medio de un murmullo y a continuación se retiró. Ella supo disimular la contrariedad que el mensaje le había provocado, suspiró, se encogió de hombros y dijo:
<< Tendrás que disculparme pero ha surgido algo… >>
Le confió la copa y se apresuró a darle un rápido y ligero beso en la mejilla, antes de volverse presurosamente en la dirección donde a cierta distancia la esperaba el mensajero. No había dado más de algunos pasos cuando se volvió nuevamente, con una sonrisa traviesa entre los labios y desanduvo lo andado.
<< No creas que te abandono a tu suerte. Sigue este corredor hasta el final… y al final del mismo te encontrarás a salvo>>
Deslizó, entonces, en uno de los bolsillos de su esmoquin, un pequeño objeto, y se alejó dejando tras de sí únicamente la estela de su perfume. Él quedó entre desconocidos, siguiéndola con la mirada, sosteniendo una copa de borgoña en cada mano. Apuró de un trago la suya y conservó la de Inés. A contraluz podían notarse en el cristal las tenues impresiones dejadas por sus labios. A contraluz la copa parecía estar llena de rubíes líquidos. Acudió entonces a su mente una imagen: la copa rota contra el suelo, y la sangre derramada sobre el suelo.
Al final del corredor le esperaba una puerta cerrada. Le bastó con llevarse la mano al bolsillo para encontrar la llave que con un seco chasquido le permitió acceder a una habitación oscura. Depositó la copa sobre lo que le parecieron los contornos de un pequeño mueble y buscó a tientas el interruptor en la pared. Lo embargaba la curiosidad de averiguar qué podía haber dispuesto Inés en ese cuarto para él. La luz desveló un caballete y un inmaculado lienzo.
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