lunes, 14 de febrero de 2011

El color de su mirada.


En esa enorme habitación donde los libros se acumulaban en ordenadas filas del suelo al techo, parte del mobiliario acumulaba resignadamente el polvo de los años, y los amplios ventanales dejaban pasar oblicuos rayos de una luz pálida, fría, e insuficiente para difuminar la densa y azulada penumbra que llenaba los rincones, en esa habitación... nada más se escuchaba que no fuera el afilado sonido de unas tijeras.

Ernesto las adivinaba moviéndose con rapidez y precisión quirúrgica alrededor de su rostro, el chasquido metálico levemente amortiguado por el tejido de las vendas que poco a poco iba sintiendo mas sueltas, sus dedos se habían crispado sobre el brazo del sillón en que se encontraba sentado. Ansiedad... la misma que podría experimentar un niño ante la visión de un regalo y la curiosidad por saber lo que el mismo oculta. Y si bien se había repetido hasta el cansancio que la expectación genera decepción... no podía evitar sentirse esperanzado.

El doctor dejo las tijeras a un lado y con las manos removió las pocas vendas que quedaban, con sumo cuidado dejo al descubierto los ojos de Ernesto mientras le prevenía que aún tendría que mantenerlos cerrados un momento, se acerco hasta el ventanal mas próximo y corrió las cortinas.

- Puede abrirlos ya, de todas formas va a sentirse deslumbrado, es lo normal.

Ernesto los abrió muy lentamente, casi con miedo de encontrar la perpetua noche de siempre ante sí, los entrecerró casi de inmediato. La pálida luz de la que ya he hablado para él era como mirar directamente al sol. Era como abrir repentinamente una ventana al interior de una casa cerrada.

Poco a poco, de entre ese cegador brillo, fueron surgiendo los contornos de las cosas. ¿Cómo podría explicarlo? Era algo así como redescubrir el mundo con sus olvidadas formas y colores.

La sonrisa que había aflorado espontánea a sus labios dio paso a las palabras más obvias y sencillas, para él llenas de significado.

- Puedo ver nuevamente...

El doctor se inclino entonces frente a él y estudió con atención cada uno de los ojos, asintió con la cabeza satisfecho al concluir el rápido examen.

- Todo va de maravilla, experimentara cierto cansancio mientras sus ojos se acostumbran pero es algo que poco a poco irá remitiendo, mientras tanto conviene no sobre esforzarse.

Tendió una mano que Ernesto estrecho efusivamente mientras se deshacía en palabras de agradecimiento, pregunto cómo probando suerte.

- ¿Leer?

El doctor miro a su alrededor la innumerable colección de libros que llenaban las paredes de la estancia y sonrío.

- De momento es aconsejable la paciencia, además y a juzgar por la capa de polvo en ciertos estantes diría que estos libros han tenido paciencia, algunos días más no les molestarán.

Ernesto acepto a regañadientes el consejo. Fue entonces cuando echo en falta la presencia de alguien más en la habitación se volvió hacia la puerta y la encontró cerrada. El doctor siguió su mirada y dijo:

- Que raro... la Srta. Agnes estaba parada ahí mismo hasta hace un momento, tal vez haya surgido algo que reclamara su atención.

Ernesto acaricio pensativamente la empuñadura del bastón que hasta ese día solo había conocido únicamente por el tacto, le resultaba imposible pensar en algo que pudiera ser más importante para Agnes que acompañarlo en ese momento. Giro la vista hacia la ventana. Una tenue tonalidad de azul pintaba un cielo sin nubes.

§

Y de pronto era como si ella hubiera desaparecido de la casa sin que nadie supiera darle mayor razón: "un viaje de emergencia" era la única respuesta.

Era extraño el transcurrir de los días sin el sonido de su voz o la suavidad de su contacto. Como si se hubiera difuminado al mismo tiempo que la oscuridad de su ceguera...

Ernesto adquirió nuevas costumbres, dejo tirado en una esquina el fiel bastón, cambio las tardes en el estudio por una banca del parque desde donde podía llenar la mirada de figuras: el vuelo de un pájaro, la sonrisa de un niño, una cometa arrastrada por el viento....

Abandono los libros de apretada escritura (que Agnes escogía y leía para él), por aquellos llenos de fotografías e imágenes. Le fascinaban sobremanera los manuales de pintura y no tanto los de escultura a causa de lo monocromáticos que resultaban el mármol, la piedra y el basalto.

Y ese amplio lienzo que ahora era el mundo se iba poblando de las más diversas imágenes, de todas las tonalidades posibles de color... pero faltaba Agnes.

Llego un momento en que a pura fuerza de extrañarla intento imaginarla, tarea difícil... ella había sido una bella y gentil voz en la oscuridad, un tacto suave y amable sobre su piel, una tenue fragancia a flores, nada de ello servía para materializarla ante sus ojos.

Se dio entonces a la tarea de reconstruirla; rescato de la memoria todos los fragmentos que pudieran ayudarle, todas aquellas pequeñas confesiones que de tarde en tarde había logrado arrancarle:

- ¿El color de mis ojos? Son del color del cielo recién amanecido en las mañanas de Febrero.

- Mis cabellos son de un castaño claro, apenas un poco más oscuro que una madura espiga de trigo.

-Mis labios son...

Recogió pacientemente cada alusión, cada palabra que en su momento fue una metáfora indescifrable y ahora resultaba un lenguaje de lo más sencillo.

Dedico días enteros a dibujarla detalladamente, cuando la imaginación resulto insuficiente se valió de cualquier papel, de cualquier superficie en la cual se pudieran trazar (con un pedazo de grafito, con una rama, con los propios dedos de ser preciso) las claras ondas de sus cabellos, la celeste profundidad de los ojos, la altivez de los labios, la tersa piel...

Comparaba entonces sus proyectados bocetos con el rostro de cualquier mujer que se cruzara en su camino y una simple ojeada le bastaba para convencerse que Agnes era por fuerza y por derecho más hermosa, tal vez incluso más de lo que él podía concebir.

Una tarde en que contra toda costumbre regreso al abandonado estudio pudo verla.

Su mano se poso sobre el picaporte y ahí se quedo quieta cuando escucho un débil murmullo al otro lado, se pego a la puerta para escuchar mejor (había comprobado con algo de resignación que su sentido del oído había menguado, o al menos así le parecía) su corazón palpito entonces con fuerza, hubiera reconocido esa voz entre el bullicio de una multitud.

Abrió la puerta muy lentamente y se acerco a ella sin apenas hacer ruido, o al menos lo intento, uno de sus pies golpeo muy levemente la pata de una mesa, apenas un roce, pero lo suficiente como para hacer caer una pila de libros que se sostenían en precario equilibrio.

Agnes se volvió e incorporo entonces asustada, sus miradas se cruzaron apenas un instante en esa estancia donde la penumbra era azulada y la luz resultaba pálida e insuficiente.

Nada dijo él cuando ella pasó corriendo a su lado: la cabeza gacha, las manos cubriéndole el rostro.

Ernesto, pasados unos instantes se acerco al atril donde reposaba abandonado el libro que ella había estado leyendo, unas cuantas líneas subrayadas en rojo:

"Mis ojos son del color del cielo recién amanecido en las mañanas de Febrero"

La mirada de Agnes no era de esa tonalidad, ni siquiera del mismo color...

§

Agnes se sometió entonces a un renovado encierro, a una autoinflingida oscuridad de puertas cerradas y cortinas corridas.

El espejo del tocador no reflejaba nada, su cristalina superficie estaba surcada de grietas concéntricas producto de un golpe dado con violenta desesperación, casi semejaba el dibujo de una perfecta telaraña.

No llevaba la cuenta de los días ni sabía si era de día o de noche.

En algún momento lo escucho llamar a la puerta, caminar interminablemente de un lado a otro del pasillo.

Rogó y amenazo, imploro y exigió que saliera de la habitación... sin resultado.

Había jurado no volver a exponerse a su mirada, a la lacerante decepción que había sorprendido al fondo de sus grises ojos, eso le había respondido a través de la puerta.

Nunca más, de ninguna forma.

Entonces escucho unos inconfundibles golpes a la puerta, la calmada voz del Doctor:

- Srta. Es imprescindible su ayuda, se ha encerrado bajo llave en el viejo estudio, no entiende de razones e insiste en que únicamente hablará con Ud.

La cerradura chirrió de forma escandalosa al ser abierta, siempre había sido la habitación favorita de Ernesto, cuando el accidente le provoco la ceguera dio la orden de clausurarla de puro despecho y así se hubiera mantenido si Agnes no hubiera llegado a la casa y encontrado la llave acumulando oxido en el sótano, al principio él se había mostrado renuente a permitirle usarla, al principio...

Estaba sentado de espaldas a la puerta como acostumbraba hacer para escucharla leer, la silla estaba a un lado del atril y frente al más amplio de los ventanales a través del cual se observaba el oscuro y huérfano cielo de la madrugada.

Al escucharla él no se volvió, permaneció con la vista fija en la ventana y dijo:

- Acércate Agnes.

Ella obedeció, se aproximo a él sin saber bien que hacer o decir, como si leyera sus pensamientos o intuyera sus dudas Ernesto hablo:

- Haz el favor de leer para mí.

- No es necesario... ya no necesitas que lea para tí
.

- No he preguntado si es necesario o no.

- No hay luz suficiente.

- Esperaremos al amanecer entonces.

Se mantuvieron entonces en silencio... envueltos en esa límpida y espesa penumbra azul, mientras un millar de silenciosos libros cubrían las paredes.

Con los primeros rayos de luz Agnes descubrió que el libro que se encontraba abierto sobre el atril era el mismo que había estado leyendo, y estaba abierto precisamente en la página subrayada.

Las lágrimas afloraron a sus ojos ante lo que considero una cruel burla, levanto la vista de las paginas para dirigirla hacia el rostro de Ernesto decidida a protestar...

No dijo nada. No pudo seguir reprimiendo el llanto al verlo

De sus cerrados ojos descendían listones secos de un color rojizo y oxidado, cerca de una de las patas de la silla brillaba un abrecartas manchado del mismo color...

Al escucharla llorar él movió la cabeza en su dirección:

- Extrañaba la oscuridad, extrañaba tu voz... y si ya hay suficiente luz me gustaría que empieces a leer.

A través de los ventanales podía contemplarse el cielo recién amanecido de una mañana de Febrero.


Sin Titulo. Fotografía por Javier Malisan.