lunes, 17 de enero de 2011

El Incendio de San Sebastián (II Parte)


"La campana para de sonar. El eco de las flores perfuma la noche"
(Matsuo Basho)

Se había detenido a media calle, las manos ocultas en los bolsillos y un luminoso punto encendiéndose a intervalos regulares a la altura de donde tendría que estar la boca, hubiera resultado fácil confundir la brasa del inagotable cigarro con una luciérnaga que hubiera decidido posarse sobre sus labios.

Nada más podía distinguir de su oscura silueta que se recortaba sobre un fondo (que bien podría haber sido el decorado de un escenario de no ser por sus oscilantes movimientos) de vivos rojos, anaranjados y amarillos que teñían las paredes de una casa que ardía lánguidamente al final de la calle.

Estaba seguro que tras la brasa del cigarrillo flotaba una cruel sonrisa. Que sus abismales ojos me miraban con suma atención.

Me estremecí, debo reconocer que me resulto imposible reprimir un ligero temblor en las manos...

- ¿Que quiere de mí?

Era la misma voz modulada, y cansina que ya había escuchado. No había en ella apremio, fastidio... ni siquiera un atisbo de lejana cólera.

Era una sencilla pregunta exigiendo una sencilla respuesta.

Pude haber respondido "nada" o desentenderme de todo el asunto y limitarme a dar media vuelta; tal vez hubiera sido lo más conveniente. Pude haber hecho muchas cosas, pero para mi propio asombro, sin siquiera pensarlo respondí sin ambages:

- Quiero una historia... creo... sé que guarda una.

Silencio.

Podría haber escuchado los latidos de mi propio corazón, el crepitar de los pilares de madera de la abandonada casa que se quemaba al fondo, los desesperados argumentos de una vocecita interior (llámese prudencia o instinto de conservación) que en vano intentaba obligarme a dar marcha atrás. Todo ello podría haberlo captado con el oído, pero no sus pisadas sobre el empedrado mientras se me acercaba lentamente, por alguna razón, sus botas le permitían moverse en un completo y obstinado silencio cual si fuera un gato.

Su rostro se aproximó de tal forma al mío que emergieron de la sombra para hacerse medianamente visibles algunos de sus pálidos rasgos: parte de los pómulos, frente, mentón y la fina nariz.

A pesar de su rostro impasible podría jurar que por un instante una breve luz relampagueo al fondo de sus oscuras pupilas, tal vez duró apenas lo que tardó su voz en formular una nueva pregunta:

- ¿Alguna vez ha jugado con el amor?

Era la misma persona que había manifestado tranquilamente que hacía una noche calurosa mientras a su alrededor se desataba el infierno, aún así, ciertamente era una pregunta que no se me hubiera ocurrido esperar por su parte, no deje de percibir un mínimo cambio en la voz, un leve indicio de curiosidad, interés.

Negué vehementemente con la cabeza por toda respuesta.

Entonces su sonrisa fue distinta y pareció incluso tomarse a gracia mi reacción, dio media vuelta sin decir nada y dados tan solo algunos pasos volvió la cabeza y hablo nuevamente:

- Acompáñeme...

Lo seguí entonces por las calles desoladas a una distancia que considere prudente, él se había convertido en un improvisado guía que no se detuvo hasta llevarme a la abandonada y destruida plaza central.

De las tarimas solo habían quedado las negras armazones simulando esqueletos de animales imposibles, de los cables colgaban carbonizados restos de las decoraciones de papel y plástico, los arboles parecían retorcidas manos alzadas contra el cielo.

Él entonces miro a su alrededor y extendió los brazos de tal forma que parecía querer abarcar con ellos la escena.

- Aquí empezó todo...

Cerró entonces los ojos, alzo el rostro hacia el oscuro cielo y las furiosas ráfagas de viento que se habían desencadenado repentinamente.

- ¿No es acaso maravilloso el aroma de las flores?

No dije nada, me parecía otra pregunta sin sentido, como lo habían sido las anteriores... pero por alguna razón (algo así como un extraño convencimiento) me obstinaba en no tomar sus palabras por las de un loco.

Recordé entonces haber leído algo al respecto, una leyenda difusa del pueblo concerniente a las flores de un árbol hace ya tiempo marchitado, tal vez tuviera algo que ver con esto.

No sé siquiera porque lo imite. Cerré los ojos y me concentre en aspirar: olía a humo tal y como esperaba... pero muy tenuemente... pude percibirlo... la fragancia de una flor apenas entreabierta que poco a poco iba tornándose mas intensa.

Abrí los ojos maravillado y dispuesto a expresarle mi más completo acuerdo respecto a las flores.

Pero no pude decir nada...

Ante mis ojos se encontraba la plaza central engalanada para la fiesta, la iluminada torre de la iglesia se recortaba contra el cielo nocturno donde tras algunos estallidos se desplegaban una infinidad de hilos multicolores, a mí alrededor se escuchaban voces, música, risas... la gente pasaba a mi lado con rostros en su mayoría felices, un grupo de niños pasaron corriendo a mi lado y juro que hasta pude percibir el olor del algodón de azúcar que llevaban entre manos.

O bien lo soñaba todo, o el incendio no había sido más que un sueño...

Él se volvió hacia mí, siempre con los brazos extendidos, el perpetuo cigarrillo colgado indolentemente de los labios y una sonrisa casi afable en el rostro.

- Como ya he dicho, aquí empezó todo... aquí se origino la historia que tengo que contar.


Fin de fiesta, Fotografía por Busca2


sábado, 8 de enero de 2011

El Incendio de San Sebastián (I Parte)



"Los grandes incendios nacen de las chispas pequeñas"
(Cardenal Richeliu)

Las campanas tocaban a rebato y la gente fácilmente podía dividirse en cuatro grupos: Los que intentaban desesperadamente sofocar el incendio, los que intentaban desesperadamente salvar algo de entre las llamas, los que intentaban desesperadamente ponerse a resguardo... y los que ya no desesperaban por ninguna de las anteriores causas por la simple razón de estar muertos, gravemente quemados, o resignados a dar todo por perdido.

Para mí se trataba de pulsar desesperadamente un botón para recoger la mayor cantidad de imágenes posible, un metálico chasquido y un destello hacían el resto del trabajo, enfocaba con el lente a diestra y siniestra porque todo me valía para una grandiosa foto y en esa situación solo debía preocuparme por contar con los suficientes rollos de película.

- Vaya noche más cálida. ¿No le parece?

El comentario había procedido de una silueta que se había materializado a mi lado sin previo aviso, las flamas danzaban sobre los tejados y devoraban vorazmente todo cuanto alcanzaban, en el aire había gritos desesperados y llanto... no era el comentario más adecuado si se tenían en cuenta las circunstancias que nos rodeaban.

Me volví entonces con viva curiosidad, el comentario había sido proferido en un tono de voz neutral, indiferente por decirlo de alguna forma, como si las palabras lejos de toda ironía o ambigüedad se limitarán a expresar algo evidente. Solo alcance a atisbar algunos de sus rasgos, aquellos que el oscilante resplandor del fuego lograba despejar de sombras.

Era alto y delgado, la postura desenfadada, el cabello medianamente largo alternaba indeciso entre ondas y líneas rectas enmarcando el delicado y pálido rostro, los ojos somnolientos semejaban profundos y vacíos espejos negros, la boca apenas estaba constituida por unas tenues y delgadas líneas que por alguna extraña razón parecían incapaces de generar algún otro gesto que no fuera una sardónica y despectiva sonrisa.

Se quedo parado a mi lado y no dijo nada más, contemplo como las llamas trepaban ferozmente las viejas paredes del ayuntamiento sin manifestar la más mínima emoción, como sí la vorágine desatada ante nosotros fuera tan común como observar tras la ventana un día lluvioso.

Llegué a pensar que se trataba de un ciego, tal vez fuera un pobre loco...

Le propino una profunda calada al cigarrillo apresado entre los dedos y por la forma en que brillaron sus ojos antes de entornarlos tuve que descartar ambas posibilidades, él era algo más pero no sabía precisar en qué sentido, dio media vuelta y se retiro con pasos lentos y cansados, una mano permanentemente oculta en el vasto bolsillo de la chaqueta y la otra colgando a un costado del cuerpo y ascendiendo solo a intervalos regulares para quitar o poner el cigarrillo entre los delgados labios.

Lo seguí con la mirada absorta hasta que un estruendo me devolvió a la realidad, a mis espaldas las columnas del ayuntamiento habían terminado por ceder y con ellas se había derrumbado el edificio levantando una nube de humo y fuego por sobre los escombros.

La cámara fotográfica había permanecido inmóvil hasta ese momento entre mis manos. Hubiera sido una foto única... El periódico me había enviado para cubrir una pintoresca y anodina festividad que había devenido en un repentino siniestro de gran magnitud, estaba en el lugar indicado al momento indicado, y una coincidencia de ese tipo puede parecer sencilla pero no lo es, no había otro periodista aparte de mí, una oportunidad única, una oportunidad soñada...

Enfoque las ruinas de lo que había sido el histórico ayuntamiento y tomé una última foto, había decidido perseguirle... tal vez estuviera desperdiciando el momento más afortunado de toda mi carrera, quisiera decir que todo fue cuestión de instinto, que intuía una historia por contar, pero la verdad sea dicha me empujaba una cierta y morbosa fascinación, había en él algo turbio y yo quería (y necesitaba) saber que era.

Corrí entonces como muchos otros por las empedradas calles, mi mirada saltaba frenéticamente de un lado a otro buscándolo. No importaba adonde mirase todo evidenciaba el desastre, hombres y mujeres deambulaban con la mirada perdida o llamando ansiosamente a alguien que tal vez ya no podía responderles, los había quienes lloraban ya a algún ser querido o simplemente lamentaban como el esfuerzo de los años había podido desvanecerse con el humo en un instante.

Me detuve en un cruce de calles para recuperar el aliento, resultaba difícil respirar el cálido aire, no podía encontrarlo... era como si se lo hubiera tragado o bien la noche o bien el fuego, quizás ambos.

Pero lo reconocí a lo lejos, inconfundible era su desgarbada figura, su andar indolente, la mano siempre oculta en el bolsillo, y la otra colgando de vez en cuando un cigarrillo de la boca, encamine hacia él mis pasos, decidí seguirlo a una distancia prudente mientras concebía ideas, barajaba posibilidades, buscaba darle un significado o un sentido, algo que me permitiera esclarecer su figura.

Me pregunté si no tendría algo que ver con el fuego dada su completa indiferencia ante los sucesos.

Entregado a esas cavilaciones levante la vista como venía haciendo para constatar sus progresos, me paralice inmediatamente, él se había detenido apenas unos cuantos metros por delante... y me miraba fijamente mientras el fuego iluminaba a medias su sonrisa.


El espectador ante el fuego, óleo de Tomás Martínez