Se había detenido a media calle, las manos ocultas en los bolsillos y un luminoso punto encendiéndose a intervalos regulares a la altura de donde tendría que estar la boca, hubiera resultado fácil confundir la brasa del inagotable cigarro con una luciérnaga que hubiera decidido posarse sobre sus labios.
Nada más podía distinguir de su oscura silueta que se recortaba sobre un fondo (que bien podría haber sido el decorado de un escenario de no ser por sus oscilantes movimientos) de vivos rojos, anaranjados y amarillos que teñían las paredes de una casa que ardía lánguidamente al final de la calle.
Estaba seguro que tras la brasa del cigarrillo flotaba una cruel sonrisa. Que sus abismales ojos me miraban con suma atención.
Me estremecí, debo reconocer que me resulto imposible reprimir un ligero temblor en las manos...
- ¿Que quiere de mí?
Era la misma voz modulada, y cansina que ya había escuchado. No había en ella apremio, fastidio... ni siquiera un atisbo de lejana cólera.
Era una sencilla pregunta exigiendo una sencilla respuesta.
Pude haber respondido "nada" o desentenderme de todo el asunto y limitarme a dar media vuelta; tal vez hubiera sido lo más conveniente. Pude haber hecho muchas cosas, pero para mi propio asombro, sin siquiera pensarlo respondí sin ambages:
- Quiero una historia... creo... sé que guarda una.
Silencio.
Podría haber escuchado los latidos de mi propio corazón, el crepitar de los pilares de madera de la abandonada casa que se quemaba al fondo, los desesperados argumentos de una vocecita interior (llámese prudencia o instinto de conservación) que en vano intentaba obligarme a dar marcha atrás. Todo ello podría haberlo captado con el oído, pero no sus pisadas sobre el empedrado mientras se me acercaba lentamente, por alguna razón, sus botas le permitían moverse en un completo y obstinado silencio cual si fuera un gato.
Su rostro se aproximó de tal forma al mío que emergieron de la sombra para hacerse medianamente visibles algunos de sus pálidos rasgos: parte de los pómulos, frente, mentón y la fina nariz.
A pesar de su rostro impasible podría jurar que por un instante una breve luz relampagueo al fondo de sus oscuras pupilas, tal vez duró apenas lo que tardó su voz en formular una nueva pregunta:
- ¿Alguna vez ha jugado con el amor?
Era la misma persona que había manifestado tranquilamente que hacía una noche calurosa mientras a su alrededor se desataba el infierno, aún así, ciertamente era una pregunta que no se me hubiera ocurrido esperar por su parte, no deje de percibir un mínimo cambio en la voz, un leve indicio de curiosidad, interés.
Negué vehementemente con la cabeza por toda respuesta.
Entonces su sonrisa fue distinta y pareció incluso tomarse a gracia mi reacción, dio media vuelta sin decir nada y dados tan solo algunos pasos volvió la cabeza y hablo nuevamente:
- Acompáñeme...
Lo seguí entonces por las calles desoladas a una distancia que considere prudente, él se había convertido en un improvisado guía que no se detuvo hasta llevarme a la abandonada y destruida plaza central.
De las tarimas solo habían quedado las negras armazones simulando esqueletos de animales imposibles, de los cables colgaban carbonizados restos de las decoraciones de papel y plástico, los arboles parecían retorcidas manos alzadas contra el cielo.
Él entonces miro a su alrededor y extendió los brazos de tal forma que parecía querer abarcar con ellos la escena.
- Aquí empezó todo...
Cerró entonces los ojos, alzo el rostro hacia el oscuro cielo y las furiosas ráfagas de viento que se habían desencadenado repentinamente.
- ¿No es acaso maravilloso el aroma de las flores?
No dije nada, me parecía otra pregunta sin sentido, como lo habían sido las anteriores... pero por alguna razón (algo así como un extraño convencimiento) me obstinaba en no tomar sus palabras por las de un loco.
Recordé entonces haber leído algo al respecto, una leyenda difusa del pueblo concerniente a las flores de un árbol hace ya tiempo marchitado, tal vez tuviera algo que ver con esto.
No sé siquiera porque lo imite. Cerré los ojos y me concentre en aspirar: olía a humo tal y como esperaba... pero muy tenuemente... pude percibirlo... la fragancia de una flor apenas entreabierta que poco a poco iba tornándose mas intensa.
Abrí los ojos maravillado y dispuesto a expresarle mi más completo acuerdo respecto a las flores.
Pero no pude decir nada...
Ante mis ojos se encontraba la plaza central engalanada para la fiesta, la iluminada torre de la iglesia se recortaba contra el cielo nocturno donde tras algunos estallidos se desplegaban una infinidad de hilos multicolores, a mí alrededor se escuchaban voces, música, risas... la gente pasaba a mi lado con rostros en su mayoría felices, un grupo de niños pasaron corriendo a mi lado y juro que hasta pude percibir el olor del algodón de azúcar que llevaban entre manos.
O bien lo soñaba todo, o el incendio no había sido más que un sueño...
Él se volvió hacia mí, siempre con los brazos extendidos, el perpetuo cigarrillo colgado indolentemente de los labios y una sonrisa casi afable en el rostro.
- Como ya he dicho, aquí empezó todo... aquí se origino la historia que tengo que contar.
Fin de fiesta, Fotografía por Busca2

