jueves, 2 de diciembre de 2010

Un ramo de marchitas rosas...


"Una rosa es inalcanzable si te preocupa salir herido por las espinas"
(Angelo Anfossi Mera)

Un niño cualquiera, no tendrá más de once años, se cala hasta las cejas el raído gorro que le cubre la cabeza, junta las manos y las acerca a la boca para exhalar el aliento y de ese modo calentarlas porque los guantes están tan rotos que no resultan de mucha ayuda; con las mejillas aun arreboladas por el esfuerzo se esconderá tras una pequeña pared para poder observar los movimientos de los dependientes de la tienda, permanecerá con los ojos claros y grises atentos al menor descuido, a la espera de la mas ínfima oportunidad.

Y algo de razón habrá cuando dicen que la paciencia produce resultados, no tardará uno de los dependientes en desaparecer al interior de la tienda mientas el otro se ocupa en discutir y negociar con un cliente, se acercará muy pero muy despacio, por una vez contento de ser tan pequeño como para pasar desapercibido, sus manos ateridas entonces cogerán un ramo, tal vez sea causa del frío o por los guantes, pero no sentirá las espinas, no le quedará tiempo para ello, se echará a correr inmediatamente al escuchar tras de sí la voz de alarma del dependiente, las rosas apretadas contra el pecho, una satisfecha sonrisa en el rostro, el corazón latiendo descontroladamente a causa del miedo y la emoción, sus toscos y viejos zapatos resonando sobre el empedrado mientras unos gritos le persiguen, todo lo recordaría nítidamente años después.

En un pequeño callejón y a una distancia que considera segura se detendrá para recuperar el aliento, examinará entonces el botín, desatado el cordel, alineará sobre el suelo las rosas y se verá en la necesidad de abandonar las más marchitas, las que quedan no son precisamente lozanas... pero es lo que hay.

Reducido el ramo casi a la mitad de sus dimensiones originales optará por llevarlas escondidas bajo el remendado chaquetón, saldrá nuevamente e intentará poner cara de circunstancias mientras con los brazos cruzados un poco por debajo del pecho caminará hacia casa mientras con un lento silbido entonará la única canción que conoce de memoria.

Tal vez alguien se pregunte si no ha existido el menor espacio a la autovaloración ética del acto cometido... hasta donde Damián (había olvidado deciros que así se llama) alcanza a entender según el discernimiento que sus apenas diez años de vida le permiten... pues todo ha seguido una secuencia lógica: él precisaba de rosas y cuando con todo candor mostró sus bolsillos vacíos al dependiente para explicar que no tenía dinero, la risa burlona de este último hizo coincidir entonces la necesidad original con la de resarcir el malherido orgullo, se había sentido espoleado a salirse con la suya, y de más está decir que no ve en ello nada reprochable.

No obstante lo anterior, su valor se sentirá flaquear ante la vista de un guardia que viene descendiendo por el mismo lado de la calle mientras hace girar su garrote como si fuera una peonza y levanta con estudiado efecto la visera del gorro ante las damas, Damián sentirá entonces que las notas del silbido se le atoran en la boca, lo asaltará la duda de sí han sido los dependientes quienes lo han puesto sobre su pista, apretará inconscientemente los brazos contra el pecho y sentirá entonces como las espinas se le clavan sobre la delgada piel del pecho.

Podría simular, pasar al lado del guardia como si nada sucediera... pero preferirá sucumbir al pánico y echarse a correr en la primera callejuela lateral que encuentra.

Por pura previsión dará algunos rodeos, los suficientes como para, según él, despistar a cualquier posible perseguidor, ha terminado por acostumbrarse a las ínfimas puñaladas de las espinas y a sentir los dedos entumecidos por el frío, el silbido a vuelto paulatinamente a sus labios, ahora sube y baja de tono con la alegría de un pajarillo que de pronto se ve detenido en pleno vuelo.

Sus rodeos han terminado por llevarlo a ese sector de la ciudad que le resulta tan extraño por la forma y la apariencia de las casas, por el inexplicable brillo que adquieren todos los colores y es precisamente esto último lo que ha llamado su atención.

Bajo una ventana enrejada una rosaleda, algunas en botón, otras apenas florecidas, en su plenitud blanca o escarlata la mayoría... imposible resistirse.

Aprovechando la soledad de la vía se escurrirá silenciosamente por la puerta entreabierta de la cerca, dejará su ramo en el suelo y se frotará vigorosamente el pecho con las manos ahí donde más siente escocer las heridas, recreándose de antemano en lo que considera un autentico golpe de suerte alcanzará a distinguir que entre los pétalos aún brillan minúsculas perlas de rocío ¿Quién puede entonces culparlo de ese repentino acceso de ambición?.

Se acerco entonces sin sospechar siquiera la telaraña que lo esperaba, quiso el azar o bien el destino que por un instante su mirada curiosa pasará de las rosas a la ventana.

Vio una caldeada y luminosa habitación, estantes con libros iban del suelo al techo a lo largo de las paredes, al centro de la estancia un extraño mueble, parecido a una mesa aunque mucho más alto y ciertamente deforme, negro como una noche sin luna ni estrellas, ante el mismo se sentaban dos personas.

Un hombre de cabello grisáceo y rostro surcado de profundas arrugas se empeñaba en apoyar las manos sobre un costado del raro mueble ante la atenta mirada de una niña, para Damián lo maravilloso fue que esos movimientos producían sonidos, del interior de la extraña mesa surgía una hermosa música.

Se quedo parado junto a la ventana y se olvido del frío, de las rosas, del dolor de las espinas, se olvido de todo y se dejo arrastrar ahí donde la música quisiera llevarlo, cerró los ojos y así los mantuvo mientras una melodía solemne y triste se elevaba poco a poco.

Los abrió al cesar la música y fue entonces cuando su mirada se encontró con la de la niña que lo miraba fijamente y con una mano extendida lo señalaba, antes que el maestro reparara en tan acusador gesto Damián se apresuro a darse a la fuga, apenas necesito inclinarse para recoger del suelo el abandonado ramo con el cual tendría que conformarse una vez dejada pasar la oportunidad de cortar rosas frescas.

Corre y mas que correr casi se podría decir que vuela, se siente radiante a pesar de todo, gracias a la música, gracias a un ramo de rosas casi marchitas... una sonrisa le llena el rostro, y hasta podría decirse que se puede ser feliz teniendo tan poco, o que al menos hay quienes se las arreglan para serlo...

Aparto de un puntapié la oxidada cancela, recorrió como una exhalación el pequeño sendero que llevaba hasta la puerta y se apresuró a entrar, apenas cerrada la puerta tras de sí, aún dentro sentía frío, miro hacia la chimenea y comprobó que los últimos leños habían terminado por consumirse, removió el hogar con una vara con la esperanza de avivar alguna brasa, de reanimar algún rescoldo, pero le fue imposible, se encogió de hombros, lo solucionaría después, podían soportar un poco de frío, corrió a la cocina para buscar entre los enseres lo más cercano que pudiera existir a un jarrón, cuando encontró uno, lo lleno de agua hasta los bordes, deposito las flores y subió las escaleras.

Aún estaría dormida... su salud había empeorado últimamente y los accesos de tos eran cada vez más frecuentes, al menos las rosas traerían una sonrisa a su rostro, siempre le habían gustado más que nada, se acerco silenciosamente a la cama y deposito un beso en su frente para despertarla.

La frialdad de la piel rompió la calidez del beso... y ella no desperto, ya no lo haría.

El jarrón se le cayó de las manos e hizo un ruido seco al estrellarse y romperse contra el suelo.

Después de eso solo quedo el latido de su corazón, el de sus sollozos, el del viento furioso que había empezado a soplar fuera de la casa y golpeaba contra la piedra la cancela, una y otra vez.

Una melodía triste y solemne, se elevaba poco a poco.

Rosita, Fotografía por Ross